Ante un debate político cada vez más tuerto, ‘Los domingos’, la película de Alauda Ruiz de Azúa, nos fuerza a echar el freno y a pensar en lo que importa de verdad

Salimos del cine mudos, con una conmoción que hacía mucho que no sentíamos con una película. Cuando recuperamos el habla, mi mujer y yo coincidimos en que acabábamos de ver una película de terror. Veíamos en la protagonista a nuestro propio hijo, y en la familia, la impotencia de perderlo por un arrebato de fe o un misterio más fuerte que nuestra persuasión y nuestras armas de adultos. Pero Cris, mi esposa, me advirtió: los creyentes católicos verán lo contrario; muchos dirán que es un retrato hermoso de la vocación religiosa. Ambos somos ateos, pero yo no he recibido educación católica y crecí en una casa de anticlericalismo subido, y ella fue a un colegio religioso y creció en una casa cat...

ólica con muchas tías monjas. Se conoce el paño: los primeros espectadores creyentes, como el sacerdote y escritor Pablo d’Ors, le han dado la razón. Para ellos, Los domingos es una bella película sobre la fe.

Ateos y creyentes planteamos visiones tan opuestas porque Alauda Ruíz de Azúa tiene un talento descomunal para narrar. Complica el punto de vista, destruye el maniqueísmo y coloca al espectador ante los dilemas crudos, sin salvavidas ni orejeras. Los domingos no solo es una de las mejores cosas que le han pasado a un cine español, sino que demuestra que el arte ambicioso sigue interpelándonos e incomodándonos. Ante un debate político cada vez más infantil, gritón, coyuntural, partidista, tuerto e hipócrita, Ruiz de Azúa nos fuerza a echar el freno y a pensar en lo que importa de verdad.