Iv�n Espinosa de los MonterosActualizado Jueves,
julio
23:18Hay escenas que se repiten verano tras verano. Cambia el paisaje, cambia el viento y cambia el nombre del pueblo que aparece en el r�tulo de televisi�n. Lo dem�s permanece inalterable. El fuego avanza, los helic�pteros dibujan c�rculos sobre monta�as convertidas en lenguas de fuego, los ministros prometen "todos los medios necesarios" y los telediarios descubren, por en�sima vez, que Espa�a tiene montes. Luego llegan las primeras lluvias, el humo desaparece de las pantallas y el pa�s vuelve a olvidarse de los bosques... hasta el pr�ximo incendio.Este verano, adem�s, el mayor incendio de la serie hist�rica ha obrado un peque�o milagro pol�tico. Pedro S�nchez, que llevaba semanas cercado por las investigaciones y los esc�ndalos que salpican a su entorno, ha encontrado en las llamas un escenario m�s amable. A diferencia de lo ocurrido con la dana o con la tragedia de Adamuz, esta vez no ha querido llegar tarde a la fotograf�a. Antes incluso de instalarse en La Mareta, se enfund� el traje de capit�n general de las emergencias: visitas a las zonas afectadas, reuniones de coordinaci�n, comparecencias solemnes y la inevitable escenograf�a institucional. El humo no solo cubr�a los montes; durante unos d�as tambi�n difumin� una agenda pol�tica demasiado cargada de preguntas inc�modas.El relato oficial tampoco ha variado. El principal culpable vuelve a ser el cambio clim�tico. Ser�a absurdo negar que el aumento de las temperaturas, las sequ�as persistentes o los fen�menos extremos convierten los incendios en un enemigo mucho m�s peligroso. El problema empieza cuando esa explicaci�n se utiliza como coartada para no hablar de todo lo dem�s. Porque el cambio clim�tico no limpia el monte. No abre cortafuegos. No retira la biomasa acumulada. No mantiene los caminos forestales. No recupera la ganader�a extensiva ni sustituye d�cadas de abandono del medio rural.Y, mientras tanto, seguimos atrapados en una legislaci�n que parece mirar el monte m�s desde el despacho que desde las botas embarradas del guarda forestal. La gente del campo denuncia que para determinadas actuaciones preventivas —desde limpiar cauces hasta ejecutar tratamientos silv�colas o determinados aprovechamientos forestales— los procedimientos administrativos son largos y complejos. El resultado, sostienen, es que intervenir resulta cada vez m�s dif�cil mientras el monte sigue creciendo sin que nadie lo gestione. Es la paradoja de una sociedad que protege el bosque sobre el papel mientras en la pr�ctica lo abandona.Como si fuera un ritual inevitable, tampoco ha faltado la invocaci�n a un gran Pacto de Estado frente a la emergencia clim�tica. La propuesta suena magn�fica. Lo sorprendente es escucharla en un pa�s donde Gobierno y oposici�n han convertido el desacuerdo en pol�tica de Estado. Quien ha sido incapaz de pactar un Poder Judicial, una financiaci�n auton�mica o una pol�tica migratoria nos invita ahora a creer que alcanzar� un acuerdo estrat�gico sobre los bosques para las pr�ximas d�cadas. Fe no le falta. Credibilidad, toda. Y, sin embargo, el problema no est� en los discursos, sino en el monte. Llevamos d�cadas confundiendo apagar incendios con hacer pol�tica forestal. Mientras discutimos sobre el clima, apenas hablamos del abandono. Y un bosque abandonado no es un bosque protegido. Es un polvor�n con �rboles.Los datos desmontan cualquier relato complaciente. Seg�n el informe de la Comisi�n de Asuntos Rurales del Instituto de la Ingenier�a de Espa�a, Pacto Nacional por los Bosques', nuestro pa�s es el segundo de la Uni�n Europea con mayor superficie forestal. El 55% del territorio est� cubierto por montes. Los bosques han aumentado su densidad un 130% desde 1975 y la superficie arbolada crece muy por encima de la media europea. Nunca hab�amos tenido tanto bosque. Nunca tanta biomasa. Nunca tantos recursos. Y, parad�jicamente, nunca los hab�amos gestionado tan mal.Cada a�o nuestros montes producen 46 millones de metros c�bicos de madera y solo aprovechamos 16 millones. El resto permanece donde est�, esperando una chispa. Europa aprovecha tres cuartas partes del crecimiento anual de sus bosques; Espa�a, apenas un tercio. Despu�s nos sorprendemos de que el fuego encuentre combustible. Pero la contradicci�n alcanza el esperpento cuando comprobamos que importamos m�s de 15 millones de metros c�bicos de madera mientras dejamos pudrirse la nuestra. Compramos fuera lo que dejamos perder dentro y luego destinamos el grueso del presupuesto a apagar incendios alimentados por esa misma madera que decidimos no aprovechar.Pero mientras los �rboles crecen, la inversi�n forestal mengua. En apenas una d�cada se ha reducido pr�cticamente a la mitad. De los alrededor de 900 millones de euros destinados al sector, cerca del 70% se emplea en apagar incendios y solo una parte muy inferior en impedir que se produzcan. Espa�a sigue invirtiendo mucho m�s en las consecuencias que en el mantenimiento y la prevenci�n. Quiz� el problema sea que hemos convertido el monte en un decorado. Un lugar magn�fico para hacerse una fotograf�a abrazando un �rbol, pero inc�modo cuando alguien recuerda que los bosques necesitan ser gestionados. Durante demasiado tiempo ha prevalecido un ecologismo m�s preocupado por impedir cualquier intervenci�n que por garantizar la salud del propio bosque. Un ecologismo de despacho que, en ocasiones, parece considerar que cortar un �rbol enfermo es un atentado contra la naturaleza, pero contempla con resignaci�n c�mo miles de hect�reas terminan reducidas a cenizas. El monte no es un museo ni un parque tem�tico. Es un espacio vivo, una infraestructura natural que exige trabajo, conocimiento y presencia humana. Gestionar no significa devastar; significa prevenir. Porque la madera, la biomasa, la resina, el corcho, las setas o la miel no son reliquias de un pasado rural que haya que contemplar con nostalgia, sino que pueden ser riqueza, empleo y una oportunidad para fijar poblaci�n en territorios que llevan demasiado tiempo vaci�ndose. Lo mismo ocurre con la ganader�a extensiva. Donde pasta un reba�o hay menos combustible vegetal y el monte respira; donde desaparece el pastor, suele crecer el incendio.El gran problema de nuestros montes tiene nombre: biomasa. D�cadas de abandono han convertido buena parte de los bosques espa�oles en un inmenso almac�n de combustible vegetal. �rboles muertos, ramas, matorral y restos forestales se acumulan a�o tras a�o hasta formar una masa continua que, cuando llega una chispa, hace que el fuego deje de ser un incendio para convertirse en un fen�meno imposible de controlar. Los pir�manos, una colilla o un rayo pueden provocar la ignici�n y hay que perseguirlos; pero lo que transforma un fuego en un megaincendio es la enorme cantidad de biomasa acumulada. Y a pesar de que tenemos unos profesionales de extinci�n contra incendios punteros, mientras no reduzcamos esa carga de combustible mediante una gesti�n forestal permanente no conseguiremos atajar el problema. Es imprescindible cambiar el paradigma. Quiz� la mayor tragedia de nuestros incendios no sea que cada verano ardan miles de hect�reas. La verdadera tragedia es que seguimos utilizando el fuego para hacer pol�tica, cuando lo que hace falta es pol�tica para que no haya tanto fuego. Ojal� hici�ramos m�s caso a los ingenieros forestales y menos a los ingenieros sociales. Iv�n Espinosa de los Monteros es presidente de Atenea













