El ser humano tiene una capacidad asombrosa para pasar de una situación a otra con rapidez. De estar viviendo en polideportivos, durmiendo junto a decenas de personas a las que apenas conocen en literas militares, comiendo lo que le pusieran, a regresar a sus casas y retomar las rutinas como si lo anterior no hubiera ocurrido.Eso parece a primera vista lo que impera en casi una veintena de pueblos de la sierra oeste de Madrid y de Gredos de Ávila afectados por el megaincendio que asola el centro peninsular desde hace una semana, un incendio que, en palabras del ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, está “técnicamente estabilizado”, que no controlado. Para eso aún queda mucho trabajo de los efectivos de extinción.Pero detrás de esa aparente normalidad aparecen los miedos, las inquietudes, las angustias. Ámparo vive en una casa próxima a Cadalso de los Vidrios desde hace algo menos de ocho años, nada más jubilarse. Estaba harta de Madrid, del tráfico, de las prisas. Y eso que vivía cerca del pulmón que es el parque de El Retiro. Pero necesitaba dejar la ciudad atrás e ir a un pueblo donde llevar una vida sencilla, rodeada de verde, de naturaleza, de pájaros y de puestas de sol.Los técnicos de extinción piden no plantar arizónicas en las casas: “Son gasolina para las llamas”Dicho y hecho, su pareja y ella vendieron el piso de Madrid y se instalaron allí... “Estos años han sido maravillosos, levantarme y ver la sierra, no tiene precio... Pero ahora tengo miedo, miedo de vivir en medio del bosque y que venga otra vez el fuego”, llora. “No sé cómo voy a superar este miedo, pero miro con angustia por la ventana y noto todos los sentidos en alerta, sobre todo, el del olfato. Tengo el olor de la madera quemada metido en el cuerpo. No sé qué voy a hacer”, relata. Su marido espera que “con los días se le pase”, aunque él también reconoce que “también siente el corazón encogido. Es verdad que ahora ves el peligro y sientes miedo de morir en el infierno”.Desde la ventana de esta pareja se ve el daño causado por el fuego, aunque no tanto como uno se pudiera imaginar. Hay zonas verdes, otras muy negras, negrísimas, y otras que alternan el gris con el marrón.Un técnico de extinción, en el puesto de mando de Navalcarnero, explica que la gran velocidad del fuego ha hecho que en algunas zonas haya pasado “casi por encima” por el terreno, de manera más superficial. En otras áreas, se ha calcinado todo. Las llamas se han cebado y han dejado los esqueletos de pinos, casas, naves y coches. Y en otros, el cambio de viento en un momento determinado ha dejado áreas verdes. Por eso, aseguran, hasta que no se dé por extinguido el incendio (“queda tiempo”, aclara), no se sabrá exactamente cuántas hectáreas se han quemado y, de todas ellas, cuántos son “aprovechables”. Se estima que entre un 15 y un 20% podría “salvarse”.Las primeras e iniciales estimaciones de viviendas quemadas apuntan a más de un centenarTampoco se sabe aún cuántas casas se han quemado, aunque las primeras estimaciones (muy por encima) hablan de un centenar.Cecilio, en Villa del Prado, ha salvado su finca. De manera increíble, el fuego no ha traspasado su valla; “solo se ha quemado la linde, porque eso no es mío. Estaba seguro de que no le había pasado nada”, señala a su regreso de Méntrida (Toledo), donde se refugió con el incendio. Las llamas saltaron ese espacio y él sabe el motivo: “Está todo limpio. Los pinos los tengo arreglados y todo lo que está en el recinto, sin ramas secas. Es la única manera”, relata este hombre que ya ha cumplido los 70.“Solo se me han quemado cuatro olivos que están en otra parcela, y es porque el que tiene el olivar de al lado no lo cuida. ¿Sabes qué tengo que hacer para reclamar esos cuatro olivos?”, pregunta.“Hicieron bien en desalojarnos. Con el humo llegaron pavesas que originaron focos”Encarna y su familia también se alojaron en Méntrida, en casa de su hermano, cuando se vieron obligados a dejar Aldea del Fresno. En este pueblo no entró el fuego como en la vecina Villa del Prado (sobre todo en el polígono y en las urbanizaciones). “Aquí nos desalojaron por el humo”, señala. Encarna reconoce que hay gente en el pueblo, entre ellos, su marido, que están muy enfadados porque no les dejaron pasar para ver los animales o sus negocios. “Yo no lo veo así, creo que lo más importante es que nadie ha muerto. Es lo más importante”, insiste.Y señala a la finca que está a escasos 300 metros del centro del pueblo: “Yo creo que hicieron bien en sacarnos de aquí. Que ahora todos nos ponemos muy gallitos, pero con el humo llegaron pavesas que originaron incendios, que fueron extinguidos de inmediato por la UME... De eso no se acuerdan”.La mayoría de las carreteras de la sierra oeste de Madrid (también de Ávila) ya están abiertas. Pero no hay mucho tráfico, salvo autobuses interurbanos, camiones de reparto y vehículos de la UME. En Aldea del Fresno, junto al río Perales (que impidió que el fuego entrara en este municipio), técnicos de esta unidad vigilan que no haya nuevos focos. “¿Qué pueden hacer los ciudadanos para ayudar?”, les preguntan dos hombres que comprueban los daños. La respuesta es seca y tajante: “Que dejen de poner arizónicas como muros para evitar que les vean en sus casas. Es gasolina para el fuego y nos pone en peligro”.“Estoy decepcionada con muchos vecinos que no echaron una mano para ayudar”Mariví, que es una de las voluntarias que ha estado atendiendo sin descanso a los vecinos realojados de Aldea del Fresno en el polideportivo de Villamanta, así como a personal de extinción de incendios, asegura que ese comentario de las arizónicas lo oyó repetidamente de ellos estos días. “Lo que no entiendo es cómo no los prohíben si es así, porque la gente no lo sabe”. Mariví, con sus más de 60 años, reconoce que está cansada: “Los primeros días estuve 72 horas sin dormir. Luego, se consiguió una rutina, que hacía todo más fácil”.Y eso, asegura Mariví, que la tan cacareada solidaridad que se dice tanto en los medios de comunicación no ha sido tal como se ha contado: “No, no es cierto. Yo estoy muy decepcionada con muchos vecinos que solo hablan y hablan, pero no hacen nada. Aquí han ayudado, sobre todo, las mujeres y los jóvenes”.Redactora jefa de La Vanguardia en la delegación de Madrid, especializada en temas sociales. Licenciada en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid.