Mar�a Santamar�a Serantes MadridActualizado Martes,
julio
16:52Lo primero que uno nota al pasar por los pueblos afectados por los incendios en Madrid es el silencio. Un silencio absoluto. Los vecinos a�n no han podido volver a sus hogares, siguen con la incertidumbre sobre el estado de esas cuatro paredes que salvaguardan todos sus recuerdos. Por otro lado, en los municipios donde s� hay gente, las ventanas y las puertas est�n cerradas a cal y canto, resguardados y confinados.Justo esa palabra recuerda a la pandemia del Covid; el panorama es similar. La conductora del coche que ha llevado en exclusiva a EL MUNDO al coraz�n de los terrenos por los que ha pasado el incendio afirmaba: "Me siento en pandemia otra vez, todo desierto, ni un alma". En los polideportivos de evacuados la estampa no dista mucho: hileras de camillas repletas de gente a la espera de buenas noticias.Fuera del veh�culo el panorama es desolador, hay humo por todas partes... En ciertas zonas no se distingue d�nde acaba la monta�a y d�nde empieza el cielo; no se puede respirar. La humareda, espesa y con un intenso olor a pino quemado, se ha extendido por toda la comarca de la Sierra Oeste e incluso ha rozado �reas lim�trofes. Y al salir, el calor sofocante golpea el cuerpo; solo se escucha el click de la c�mara inmortalizando el momento.En Villa del Prado ya pasean los vecinos por la zona con mascarillas, pero se nota que el fuego ha calado hondo. Nadie habla. Las llamas han estado demasiado cerca de las casas. Muchas de las ganader�as de la zona han desaparecido y queda una �nica superviviente, medio quemada, medio viva. Su entrada, antes decorada con �rboles, ahora lo est� con el esqueleto de estos, y junto a la carretera se encuentra un friso de piedra antiguo que antes recib�a a los visitantes, pero que ahora yace en el suelo a la espera de que lo recojan. A su lado, la zona de Chapiner�a presenta un paisaje devastado, completamente calcinado y te�ido de negro, testimonio del avance incontrolable de un fuego que avivado por rachas de viento cambiantes arras� pinares y matorral a su paso.M�s adelante, tras recorrer carreteras estrechas y zigzagueantes, se encuentra la urbanizaci�n del Encinar del Alberche, la primera desalojada al inicio de los incendios. La suerte ha querido que al final se haya salvado del fuego, aunque est� actualmente deshabitada, esperando a que sus due�os vuelvan. La conductora, que prefiere mantenerse en el anonimato, relata a EL MUNDO que esto no es cuesti�n de suerte, sino de que "tienen la zona toda limpia y cuidada, por lo que el fuego no salt�".La ruta contin�a por carreteras que pasan por Almorox, el inicio del incendio donde las llamas cruzaron desde tierras toledanas cortando ejes como la N-403. Todo calcinado, todo negro. Lo �nico que se escucha es el crujir de los pasos sobre la hierba chamuscada por completo. Cuanto m�s se aproxima uno al embalse de San Juan, m�s humo hay y m�s dif�cil resulta respirar. All� ya se divisan decenas de camiones de bomberos, dispositivos de la Comunidad de Madrid, del Ayuntamiento y de la UME trabajando en colaboraci�n; pasan a una velocidad que da v�rtigo, intentando llegar lo antes posible con el agua al foco del incendio.En San Mart�n de Valdeiglesias y Pelayos de la Presa sigue habiendo gente confinada. No se ve a muchos vecinos, apenas algunos en coche o caminando r�pido con mascarillas. A lo lejos, entre el humo, ni siquiera se aprecia el castillo de la Coracera, �nicamente su silueta. En los prados colindantes se percibe la desolaci�n de los animales que han quedado solos, expuestos al sol o tumbados sobre la tierra, a la espera de que sus due�os regresen por ellos.Siguiendo por la M-501 de camino al embalse, la carretera escupe las marcas del desastre: lo que parece un antiguo garaje o dep�sito yace convertido en una chatarrer�a de veh�culos chamuscados y calcinados, reducidos a esqueletos de metal. M�s al fondo, en contraste, surge una estampa sobrecogedora: un valle repleto de cabras de todos los colores permanece aislado entre un mar de cenizas, mientras sobre ellas orbitan los buitres en el cielo todav�a plomizo.A pesar de la devastaci�n, la jornada empieza a regalar una tregua tras d�as interminables de lucha incansable de los retenes forestales. A partir de las cinco de la tarde, las sirenas dan paso poco a poco a una calma distinta. Tras el infierno vivido, se levantan las evacuaciones y confinamientos en gran parte de la Sierra Oeste de Madrid y en los municipios afectados de la provincia de �vila, permitiendo que la mayor�a de los vecinos emprenda por fin el camino de vuelta.Aunque algunas urbanizaciones de San Mart�n de Valdeiglesias o el Encinar del Alberche deben guardar prudencia y seguir esperando, la marea del desastre empieza a remitir. Entre el humo que se disipa y la tierra a�n caliente, la gente regresa a sus casas con la mirada puesta en lo que queda en pie. No ser� f�cil reconstruir lo que el fuego devor�, pero el regreso de los suyos es el primer brote de vida sobre la ceniza; la prueba definitiva de que, donde hubo llamas, el pueblo vuelve a ponerse en pie.













