Actualizado Viernes,
julio
22:45Hay incendios que se cuentan con cifras. Hect�reas calcinadas, medios desplegados y personas desalojadas o confinadas. Pero tambi�n existen aquellos incendios que solo se entienden cuando los miras de cerca. El mi�rcoles por la noche, camino del pueblo abulense de Burgohondo, punto cero de todo el desastre, el cielo se iba ti�endo poco a poco de un naranja intenso.Al principio era solamente un simple reflejo en el horizonte, hasta que despu�s se convirti� en una capa inquietante sobre la que se posaba una inmensa lengua de fuego dibujada sobre la sierra. Una imagen hipn�tica, irreal incluso, hasta el momento en el que se percib�a que detr�s de todo aquello hab�a casas, montes y personas.En el polideportivo municipal de Burgohondo, transformado en refugio m�s que improvisado, desalojados y voluntarios compart�an la mirada fija hacia la monta�a. No se hablaba demasiado hasta que el silencio se rompi� con el llanto de un beb�. Un lamento que bast� para poner sobre aquel paisaje el reflejo del miedo de todo un pueblo que, mientras el fuego avanzaba, lo �nico que pod�a hacer era esperar sin nada m�s que poder hacer.Ya de madrugada, a�n continuaba ese tono anaranjado de la noche. Solo siete kil�metros despu�s, en Navaluenga, la escena cambi�. El pueblo , confinado por el peligro que supon�a estar fuera de casa, hab�a convertido una escuela en su punto de reuni�n y encuentro. All� vecinos de todas las edades conversaban mientras ve�an pasar las horas. Entre camiones de la Unidad Militar de Emergencias (UME) y las siluetas de aquellos que decidieron pasar la noche dentro de sus coches, coexist�an las risas y las dudas sobre cuando acabar�a toda esta situaci�n. Una misma duda que sobrevolaba entre cada conversaci�n.Volvi� a salir el sol y el humo se hizo notar. Una espesa neblina se suspendi� sobre el asfalto y el cielo, y�ndose directamente a los ojos y a la nariz. El fuego ya no se ve�a pero estaba ah�. Solamente bastaba con fijarse en las enormes monta�as.Ya con la noticia de la confirmaci�n del nivel 3 de emergencia nacional el incendio pasaba a un nuevo plano en el que cada uno deb�a aportar su peque�o grano de arena.75 kil�metros m�s cerca de la ciudad de Madrid, convertidos en una peque�a y nueva odisea entre carreteras cortadas por la Guardia Civil y desv�os constantes, el humo segu�a siendo el protagonista. Villamanta, el siguiente destino, convirti� su polideportivo en la estancia temporal de cientos de personas evacuadas de Villa del Prado y otros municipios del suroeste de la Comunidad de Madrid. All� la tragedia ten�a rostro. Personas mayores que hab�an saludo de sus casas con lo puesto. Familias que llevaban casi dos d�as sin tener informaci�n alguna sobre como hab�an quedado sus hogares ni cuando podr�an volver a ellos. Voluntarios con un lema: "Trata a los dem�s como te gustar�a que te trataran a ti�, como afirm� �ngel Ram�rez que pas� m�s de 24 horas sin dormir para ayudar a todos los desalojados en Villamanta. E incluso decenas de perros que ladraban no pudiendo comprender por qu� hab�an dejado sus casas atr�s.Pero el calor era sofocante. El murmullo constante se mezclaba con el polvo que levantaban las carreras de los voluntarios que quer�an llegar a tiempo a toda costa. Conocer esas historias escondidas detr�s de cada litera, en donde se posaba la incertidumbre.Marlene hab�a pasado la noche sobre el suelo del pabell�n. "S�, dormimos aqu�, as�, en el suelo", contaba resignada. Llevaba horas esperando una noticia que nunca terminaba de llegar. "Nos acaban de decir que todav�a no podemos volver. Todo depende del incendio. Como est� haciendo mucho aire, sigue avanzando". Pero lo que realmente pesaba no era solo la espera, sino la incertidumbre. "Es el no saber, el no tener ni siquiera un... nada".Al hablar de lo que hab�a dejado atr�s tampoco mencion� muebles ni objetos de valor. Pens� en Nieve, su gato que se hab�a quedado en casa. "No le hemos puesto ni agua. Yo me fui a trabajar pensando que volver�a por la noche, pero ya no pudimos regresar". Mientras hablaba intentaba convencerse de que estar�a bien. Era una preocupaci�n tan sencilla como devastadora.Su historia era solo una entre las cientos que llenaban el pabell�n. Todas diferentes, pero atravesadas por la misma angustia: la de haber salido con lo puesto y no saber cu�ndo volver�an a cruzar la puerta de casa. "Nos pill� completamente por sorpresa. Cogimos la medicaci�n, el dinero, la documentaci�n, a la ni�a... y nos fuimos", explic� Christian, evacuado junto a su madre, Ildefonsa, y el resto de su familia. Ella apenas puede caminar por un trombo que sufri� hace cuatro a�os. Consigui� salir y recuperarse sin perder la movilidad ni el habla. Sin embargo, le toc� vivir este incendio que, en palabras de ella, supuso un aut�ntico reto que volvi� a superar de nuevo junto a sus seres m�s queridos.Con el paso de las horas lleg� un temor a�n mayor. Los incendios de �vila y Madrid corr�an el riesgo de unirse y todos culpaban y hablaban del mismo protagonista. Ese viento molesto que anunciaba que lo peor estar�a a�n por llegar y que, sobre las carreteras del suroeste madrile�o, hac�a que el fuego siguiese esparci�ndose incluso en sitios donde menos se espera.Surg�an nuevos focos junto a urbanizaciones, al borde de las carreteras o a escasos metros de edificios donde la gente se asomaba para contemplar la cat�strofe. Columnas de humo negro crec�an en cuesti�n de minutos mientras peatones y conductores se apartaban para abrir paso a los veh�culos de emergencia. Nadie era capaz de contener ese miedo que produc�a el ser consciente de que el fuego siempre va un paso por delante del resto. Porque solo bastaba con agacharse y tocar la maleza para comprender el por qu� de todo lo que estaba sucediendo en Espa�a. Todo parec�a esperar la chispa definitiva para que todo ardiese. Parec�a que el monte se hab�a convertido en el combustible perfecto.La jornada termin� bajo un cielo imposible de olvidar. El naranja del atardecer se mezclaba con un manto gris que cubr�a el horizonte. Desde la distancia pod�a distinguirse con claridad d�nde estaba el peligro. Hab�a una l�nea perfectamente visible que separaba, a un lado, la vida que trata de resistir y al otro, un paisaje condenado a ahogarse.Y es entonces cuando uno comprende que un incendio consume la tranquilidad de quienes miran desesperados buscando su casa, la rutina de pueblos enteros obligados a improvisar un refugio y la certeza de que ma�ana todo seguir� igual. Porque despu�s de convivir con el fuego, lo m�s dif�cil no es describir las llamas. Lo m�s dif�cil es explicar el silencio con el que miles de personas aprendieron a esperar mientras el monte ard�a a toda velocidad.













