0:000:00El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia ArtificialEl título resuena en un país salpicado de incendios forestales, pero se puede aplicar a la situación de nuestra política, porque lo que deja tras de sí una legislatura cuyo final no está muy lejano es un paisaje calcinado: un poder legislativo inestable, con sus grandes componentes enfrentados más allá de todo acuerdo; un ejecutivo con escaso margen de actuación, y un poder judicial que, con algunas de sus actuaciones, despierta suspicacias en la ciudadanía. Es un gran fracaso, y un fracaso colectivo. Líbrenos, Dios, de pretender buscar culpables, pero quizá valga la pena sacar alguna enseñanza del desastre.Dani DuchEl desastre no viene de la gestión del Gobierno, satisfactoria en sus grandes rasgos, y ayudada en lo económico por una coyuntura favorable. El gran partido de la oposición podría haber sugerido cambios y mejoras en esa gestión sin ponerla en entredicho. Afortunadamente para el PP, la ley de Amnistía le ha eximido de la necesidad de presentar propuestas alternativas en cualquiera de los ámbitos de la gestión, y la intempestiva declaración del presidente Sánchez, que tachaba la ley de inconstitucional antes de verse obligado a aceptarla para lograr la investidura, ha servido para tildarlo de aventurero y de oportunista: el ataque a Sánchez en todos los ámbitos, en todos los tonos y con un lenguaje que no rozaba nunca la línea de lo cortés resume toda la actividad parlamentaria. El resultado ha sido privar al legislativo de su indispensable función de diálogo entre propuestas diversas: ahora es una pura contienda de desplantes, ocurrencias e insultos, una función a beneficio, si esa es la palabra, de los contribuyentes. Los dos partidos de la oposición han sido los pirómanos de nuestra tierra calcinada.A uno le parece observar que el PP ha sabido atraer, tras el estandarte de ganar unas elecciones, a quienes luchan por algo más: el exterminio de un adversario considerado no solo como un enemigo, sino como la misma encarnación del mal, con el que no hay componenda posible. Se comprende que, para vencer a tamaño contrincante en un combate a muerte por la sagrada patria o algo parecido, los adalides del bien se consideren autorizados, cuando no obligados, a emplear todos los medios a su alcance. Ese impulso de la lucha final, del combate definitivo, es algo recurrente, y no solo en nuestro país, entre los chicos de entre diez y doce años.Los dos partidos de la oposición han sido los pirómanos de nuestra tierra calcinadaEl lenguaje heroico está fuera de lugar. Ninguno de nuestros problemas queda fuera del alcance del diálogo. Son problemas difíciles, tan difíciles que hasta hoy nos hemos resistido a abordarlos de frente: la gestión de la inmigración, la vivienda y, sobre todo, el desarrollo de la educación pública son asuntos de los que depende el futuro de nuestro país. No tienen una solución sencilla, son procesos que, con la mejor voluntad, llevarán mucho tiempo, para los que hoy nadie tiene la solución, pero que en modo alguno se resolverán mediante la confrontación. Pero ¿y si mientras tanto “se rompe España”? Yo no creo que esa ruptura sea inevitable, aunque sé que hay opiniones contrarias de mucha solvencia; tampoco creo que ese riesgo vaya a desaparecer con la violencia (“¡Un buen artículo 155!”). Pero se reducirá en gran manera si los dos grandes partidos dejan de hacer concesiones a los nacionalismos periféricos por un puñado de votos. Hasta ahora, ambos han mostrado una sorprendente disposición a pactar con el diablo.Habrá que esperar a que vuelva a crecer la vegetación en esa tierra quemada. No sabemos si crecerán nuevas especies hasta ahora desconocidas. Tardaremos en ver los frutos. Tampoco sabemos quién se encargará de cultivarlas. Las próximas elecciones, sean cuando sean, deberían darnos alguna pista, aunque un claro resultado no es ni mucho menos seguro. La atención, inteligencia y generosidad de los electores será crucial. Eso sí, no se confíe el lector. Los antiguos decían que quienes destruían algo no eran los llamados a reconstruirlo. En pocas palabras: los pirómanos no son buenos bomberos, menos aún buenos ingenieros de montes.