Un año después de los incendios de León seguimos en el mismo punto. El sorteo de verano y su lotería invertida ya está aquí. Esta vez me puede tocar. Lo digo porque escribo desde Valdemorillo viendo caer ceniza de un cielo naranja pese a que son las cinco de la tarde. Me atrevo a decir que es bonito y si fuera emprendedor montaría una empresa de caza de fuegos forestales para llevar a turistas en busca de nuevos impactos sensoriales; olor a humo, calor, cielo de pirocúmulos cayendo sobre la cabeza y todo ello combinado con un cierto riesgo -controlado- en el que un profesional con gotas de sudor en un cuello radicalmente moreno sale derrapando con un todo terreno con aire acondicionado.
El listado de expertos y expertas va desfilando por las televisiones donde opinan y explican. Periodistas becados retrasmiten dejando ver detrás de ellos una columna de humo. Los responsables políticos van desfilando, con chalecos de comandante, con cara de estar preocupados. Puede que sea verdad. Hace un rato que he apagado la tele. A los que les ha tocado el premio están llorando y en unos días tendrán que enfrentarse a la burocracia de la post catástrofe. Los datos son de récord; superficie quemada, gente desplazada, miedo, biodiversidad destruida, enfado. El resto cogerá el coche, aunque la gasolina está carísima con las tonterías de Trump, para disfrutar de su merecido verano. Hace calor eso sí.














