Con la memoria todav�a fresca de una DANA que dej� pueblos bajo el agua y bajo el barro, llegan los incendios que arrasan con vidas y bienes. Cada episodio se presenta con su propio origen t�cnico -un cable ca�do, una gota fr�a, un cauce urbanizado- y con su propio ritual: rescate, luto, comparecencias, promesas. Y cada episodio, tambi�n, con la misma pregunta aplazada: �por qu� no pudimos prevenir los desastres?Cuando ocurren estas cosas conviene recordar un contraste que la literatura sobre gesti�n de cat�strofes cita una y otra vez. En 2005, el hurac�n Katrina golpe� Nueva Orleans y mat� a cerca de 1.800 personas; la respuesta federal, tard�a y descoordinada, se convirti� en el s�mbolo internacional de un fracaso institucional. Un a�o antes, el hurac�n Iv�n hab�a azotado Cuba con id�ntica categor�a m�xima, y la evacuaci�n de m�s de un mill�n de personas -organizada casa por casa- se sald� sin una sola v�ctima; el Dennis, en 2005, dej� apenas una quincena de muertos en toda la isla. El coordinador de emergencias de Naciones Unidas explic� entonces, con una franqueza inhabitual, por qu� apenas se hablaba de ese �xito cubano: la prevenci�n no da titulares.Conviene no sacar las lecciones indebidas. Cuba logra esos resultados gracias, entre otras cosas, a un aparato de movilizaci�n forzosa -comit�s de vigilancia vecinal, desplazamientos obligatorios, un control social que en cualquier otro terreno constituye una violaci�n sistem�tica de libertades b�sicas-, que deber�a resultar antip�tico para cualquier persona con una m�nima sensibilidad liberal. La lecci�n no es que el autoritarismo prevenga mejor porque sea autoritario, sino algo m�s inc�modo: las instituciones democr�ticas, tal y como est�n actualmente dise�adas, padecen una miop�a pol�tica estructural -pan para hoy, hambre para ma�ana- de la que un poder ajeno a las tribulaciones de los ciclos electorales est� exento.El problema tiene nombre en la teor�a econ�mica. En un mercado de coches usados, escribi� George Akerlof en el art�culo que le vali� el Nobel, el comprador no puede distinguir un veh�culo fiable de un cacharro -un lemon-, y esa asimetr�a informativa termina expulsando del mercado a los buenos coches: si nadie puede verificar la calidad, nadie paga por ella, y los vendedores honestos se retiran. Algo parecido ocurre en el mercado electoral de la prevenci�n. El votante no puede observar el incendio que no se produjo, la epidemia que se qued� en nada gracias a un almac�n de mascarillas que nadie vio nunca vaciarse, el cauce que no se desbord� porque alguien lo limpi� en marzo. Solo observa lo que s� ocurre: la ambulancia, el titular, el rescate en directo. La buena gesti�n preventiva es, por definici�n, invisible, y lo invisible no se puede votar ni premiar.El resultado es una selecci�n adversa que opera sobre los propios gobernantes. Igual que el mercado de coches usados termina lleno de cacharros porque los buenos no encuentran comprador dispuesto a pagar su valor real, la esfera p�blica tiende a llenarse de gesti�n reactiva y fotog�nica, porque la preventiva no encuentra reconocimiento electoral. No es que los pol�ticos sean necesariamente cortos de miras; es que el sistema de incentivos de la democracia recompensa lo visible sobre lo eficaz. Como resum�a hace poco Julie Pavlin, una reputada epidemi�loga con experiencia en salud global: en salud p�blica, si haces bien tu trabajo, te recortan el presupuesto, porque nadie est� enfermando. Literalmente, un castigo al �xito.El fen�meno tiene, adem�s, un pariente cercano: la �victoria fantasma�, el �xito medible que en realidad oculta un fracaso -o, peor, que no demuestra nada-. Los jefes de polic�a norteamericanos que en los a�os 90 se atribuyeron el m�rito de la disminuci�n de los delitos, cada uno con su �teor�a�, cada uno convertido despu�s en consultor de �xito, no repararon en que la criminalidad bajaba en todas las ciudades del pa�s por igual, aplicaran la gesti�n que aplicaran. Cuando el �xito es difuso, cualquiera puede reclamarlo; cuando el fracaso evitado -el incendio, la riada, la pandemia contenida- tampoco se manifiesta nunca, sencillamente no hay nada que reclamar, ni para bien ni para mal. Nassim Taleb llev� la idea un paso m�s all�, y su caracter�stica mala uva, en Antifr�gil: el legislador que logra, con una reforma an�nima, que una enfermedad no se propague recibe menos honores que el m�dico que trata con �xito a los enfermos una vez estallada la epidemia, porque el �xito del primero consiste, precisamente, en que no ha pasado nada digno de ser contado. Rescataba para esto el viejo t�rmino de Erasmo, ingratitudo vulgi, la ingratitud del vulgo: no se puede agradecer lo que no deja rastro. La diferencia, en rom�n paladino, entre inaugurar una l�nea de AVE y mantenerla. Solo se pueden hacer fotos de lo primero.A esto se suman otros obst�culos m�s dom�sticos, casi de manual de gesti�n, que asoman recurrentemente en las diversas administraciones: la inercia de naturalizar lo evitable, como si un monte sin desbrozar o un cauce sin limpiar fueran parte del paisaje y no decisiones aplazadas; la diluci�n de la responsabilidad entre tantas administraciones y legislaturas que, al final, nadie es exactamente el encargado de anticiparse al problema; y la tiran�a de lo urgente sobre lo importante, que hace que el presupuesto disponible se lo lleve siempre la crisis de esta semana y nunca la discreta tarea, invisible y poco vistosa, de evitar la del a�o que viene.Si esto es as� ya para incendios y riadas, la magnitud del problema se dispara cuando se trata de riesgos de escala mayor: el cambio clim�tico, cuyos costes se pagan dentro de 30 a�os y cuyas medidas hay que financiar hoy; una pandemia futura, para la que hoy mismo se est�n desmontando reservas y capacidades; los riesgos sist�micos de una inteligencia artificial que avanza m�s r�pido que su regulaci�n; una nueva crisis financiera, para la que ning�n regulador ganar� jam�s un premio por impedirla. Cuanto m�s lejano y m�s difuso es el desastre potencial, peor funciona el mecanismo de rendici�n de cuentas democr�tica, porque peor se puede vincular la culpa de no haber actuado con el nombre de quien no actu�. Y aqu�, de nuevo, conviene mirar hacia sistemas capaces de planificar a horizontes que ning�n ciclo electoral occidental tolera: China lleva d�cadas fijando objetivos industriales y tecnol�gicos a 15 y 20 a�os vista -del despliegue de renovables al liderazgo en inteligencia artificial-, precisamente porque su legitimidad no depende de un veredicto cada cuatro a�os, sino de resultados agregados que puede permitirse perseguir con paciencia mineral.Con un dato desazonador. Encuestas independientes -de Harvard, de la Alianza de Democracias- llevan a�os registrando que los ciudadanos chinos manifiestan una satisfacci�n con su gobierno central que ronda el 90%, muy por encima de la que expresan los estadounidenses con el suyo, y que una amplia mayor�a de chinos, en torno al 83%, describe su propio pa�s como una democracia, frente a una mayor�a de estadounidenses que hoy duda de que el suyo lo sea. Se puede desconfiar, con raz�n, de encuestas hechas bajo un r�gimen que castiga la disidencia. Pero incluso descontando ese sesgo, el dato apunta a algo que no deber�amos despachar con displicencia: la gente tiende a valorar las instituciones que resuelven sus problemas, no las que garantizan procedimientos.Tenemos la suerte -o eso nos contamos a nosotros mismos, cada vez con menos convicci�n- de vivir en democracia y en libertad, con casi toda la informaci�n p�blica, la prensa razonablemente libre y el escrutinio que ning�n r�gimen conocido nos puede ofrecer sin control social de por medio. Todo eso es cierto, aunque cada vez en dosis m�s homeop�ticas. Pero no podemos olvidar que las instituciones se justifican, en �ltima instancia, en la medida en que nos hacen la vida m�s llevadera. No podemos resignarnos a que nuestro mundo de libertades quede reducido a un parque tem�tico bien decorado, entretenido, c�modo para pasar el rato con los amigos, mientras que la vida verdadera, importante, discurre por otro lado. De otro modo, los ciudadanos se sentir�n tentados de responder de la peor manera a la ingrata pregunta atribuida -y no documentada- a Lenin: �libertad para qu�?F�lix Ovejero es profesor de Filosof�a Pol�tica y Ciencias Sociales en la Universidad de Barcelona.
La misma historia de todos los veranos
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