Cada verano nos sorprendemos con los grandes incendios que asolan el país como si fueran una anomalía. Pero ya son la norma, y hace falta un pacto de Estado para atajarlos
España ha despertado impactada con la noticia de que al menos 12 personas han muerto en el incendio de Los Gallardos, en Almería. Aunque aún no se conocen las causas exactas del suceso, sí sabemos que basta una chispa para que un espartal reseco, una ola de calor que sucede a otra ola de calor, rachas de viento de 70 km/h y una orografía de barrancos transformen en minutos un incendio forestal en una gigantesca e infernal trampa mortal. No es la primera vez que ocurre y, lamentablemente, no será la última.
La Real Academia de Ingeniería (RAI) ha hecho público un informe esta misma semana que, leído hoy, suena más a crónica anunciada que a estudio académico. La investigación sostiene algo que contradice la intuición: el número de incendios en España lleva dos décadas cayendo. Lo que se ha disparado es su tamaño y su virulencia. En 2022 y en 2025 se superaron las 300.000 hectáreas quemadas, cifras que no se veían desde el siglo pasado. Cinco de los diez mayores incendios registrados desde 1968 han ocurrido desde 2022. Y la intensidad mínima de los fuegos peninsulares ha crecido entre un 30% y un 40% en lo que va de siglo, sobre todo por la noche, justo cuando los bomberos contaban antiguamente con una tregua para trabajar.












