El incendio forestal en la zona de Los Gallardos (Almería), que ayer ya contaba un terrible balance de vidas, además de los heridos y de más personas aún por localizar, reúne muchos factores que definen los nuevos fuegos que estamos sufriendo este verano. En 24 horas ese virulento incendio había calcinado, por ejemplo, más superficie (3.200 hectáreas) que el registrado en las Gavarres hace una semana, y que según los bomberos tuvo características excepcionales­.Aproximadamente, explican los expertos, entre el 60% y el 75% de los grandes incendios forestales registrados este año en España podrían entrar en la catalogación de nueva o sexta generación. Han sido solo unos diez. Pero son los que más hectáreas han quemado y los que más daños y víctimas han provocado. Este hecho establece un nuevo paradigma de la amenaza que suponen en la actualidad los grandes fuegos forestales, para la que no hay medios suficientes que permitan combatirlos con eficacia.En total, en todo el Estado, en lo que va de año se han calcinado más de 57.000 hectáreas de superficie forestal, según estimaciones de Copernicus, con un total de 314 incendios forestales, una cifra claramente superior a la media habitual para estas fechas. Esto quiere decir que la amenaza de los incendios es creciente en España a medida que se hacen más intensos los efectos del cambio climático.Los fuegos son cada vez más agresivos y exigen más medios y estrategias para sofocarlosEl problema no solo es que haya muchos más fuegos, sino que una cifra creciente de ellos presenta un comportamiento extremo. Son todavía minoritarios en número, pero concentran la inmensa mayoría de la superficie quemada, movilizan casi todos los recursos de extinción y ponen en riesgo directo a poblaciones enteras. Las altas temperaturas, la sequedad del ambiente y los fuertes vientos, sumados a una superficie forestal mal o nada gestionada por efecto del abandono rural y de una deficiente administración pública y privada son el escenario que propicia la aparición de estos terribles incendios. Y la realidad es que el país está condenado a convivir con un clima cada vez más cálido y seco, que multiplicará estos riesgos del fuego extremo.Un incendio extremo se caracteriza por alguno o varios de los siguientes factores: la propagación muy rápida y explosiva de las llamas, que dificulta las evacuaciones, la generación de su propia meteorología (pirocúmulos o pirocumulonimbos), una velocidad de avance muy elevada, la imposibilidad de ser atacado directamente durante determinadas fases y amenaza simultánea para masas forestales, zonas agrícolas y urbanizaciones.Existe consenso entre la mayoría de los expertos, por tanto, que el país está pasando de combatir incendios forestales tradicionales a enfrentarse a auténticos fenómenos extremos de comportamiento del fuego. España dispone hoy de mejores medios de extinción que hace treinta o cuarenta años. Pero, pese a ello, los incendios de nueva generación son capaces de desafiar cualquier capacidad de extinción.La política forestal debe contribuir a defender los bosques frente a los riesgos del cambio climáticoAsí que, aconsejan los expertos, entre los nuevos medios tecnológicos que habría que incorporar, además de más recursos humanos, se encuentran los drones de nueva generación equipados con IA para localizar focos invisibles para los equipos terrestres y dirigir con enorme precisión los medios de extinción; nuevos aviones y helicópteros con mayor capacidad, y robots terrestres antiincendios, así como más disponibilidad de maquinaria pesada para abrir cortafuegos y líneas de defensa en las zonas amenazadas.La nueva generación de incendios exige una nueva propuesta de soluciones. Además de más y mejores medios tecnológicos, el gran reto del país pasa por gestionar mejor el paisaje: recuperar el pastoreo, limpiar los bosques para aprovechar la biomasa, realizar quemas prescritas, crear mosaicos agrícolas y forestales y planificar mejor la interfaz entre el monte y las zonas habitadas. Para ello podría ser muy útil, como proponen muchos expertos, la creación de brigadas forestales permanentes que se encargasen de todo ello en invierno. Cada euro invertido en prevención puede ahorrar varios euros en extinción y recuperación.Sabemos, pues, lo que hay que hacer. Y lo sabemos desde hace años, no cabe esperar más. Solo hay que ponerse manos a la obra, con la suficiente voluntad política, desde todas las administraciones (central, autonómica y local) y desde todas las instituciones relacionadas con el bosque, sobre la base de que la mayoría de la superficie forestal española es privada. No basta lamentarse cada vez que las llamas aparecen. Todo ello podría o debería enmarcarse en un plan nacional de adaptación de los bosques al cambio climático.