Con los incendios del verano ocurre algo parecido a lo que pasa con la educación. De esta solo nos acordamos cuando llegan los resultados del programa PISA; de aquellos, cuando asistimos a las infernales imágenes de las llamas que devoran nuestros bosques y copan las noticias estivales. Lo que hay detrás de ambas es lo mismo: un ejercicio de desresponsabilización colectiva. De la educación se supone que debe ocuparse el sistema educativo; de los bosques que arden, la prevención pública y, cuando el fuego ya se ha declarado, los abnegados bomberos y demás cuerpos encargados de la extinción. Pero la educación no se limita a la escuela, hoy “educan” tanto o más las redes sociales o los medios de comunicación; y, como siempre, la propia familia. A pesar de ello, la frustración generada por los fracasos educativos acaba cargándose sobre las espaldas de los profesores o de los decisores políticos: los demás se van de rositas. Del mismo modo, solo después de la devastación provocada por los incendios o las riadas recordamos que el cambio climático ya está aquí y hemos de transformar radicalmente nuestra relación con la naturaleza; la de todos, también la suya y la mía, no solo la de los políticos. ¿Qué hemos hecho para prevenir sus consecuencias? Porque todos sabemos lo que hay que hacer para aminorar el desastre. ¿Por qué ese atronador silencio cuando el presidente del Gobierno llamó a un pacto de Estado contra el cambio climático? ¿O acaso Vox ha pedido disculpas por empecinarse en negar dicho cambio contra toda evidencia científica? No creo que a Vox le pase factura electoral; en realidad tampoco a ningún partido. El rasgo fundamental de la polarización es que permite hacer política sin someterse al tradicional ejercicio de la rendición de cuentas. El responsable de cualquiera de los males es siempre el otro; el nuestro, como en la vieja fórmula inglesa sobre los actos del rey, can do no wrong, nunca puede equivocarse. Lo vimos durante la crisis de Valencia, con el apagón, y ahora con estos incendios que asolan Madrid y cuyo olor a quemado impregna hasta el interior de mi propia casa. Unos celebrarán las baladronadas del ministro Puente; otros las ácidas réplicas de Díaz Ayuso, pero eso no nos devolverá las decenas de miles de hectáreas quemadas ni evitará las que ardan el próximo verano.Con motivo del triunfo en el Mundial, nos hemos desgañitado alabando la excelencia del juego en equipo, la entrega de cada uno a la causa común. Lo curioso es que quienes tanto lo aplaudían pasan luego a hacer lo contrario en cuanto se adentran en la disputa política. ¿Se imaginan una manifestación de las dimensiones de la que hubo en Madrid para recibir a la selección, pero esta vez como señal de duelo e indignación ante esta devastación forestal? No, ¿verdad? Sin embargo, casi todos cambiaríamos la copa del mundo por la recuperación de los bosques perdidos. Entonces, ¿por qué no actuamos? ¿Por qué no exigimos la protección de un bien público de la única forma en que nuestra demanda puede servir a la vez de concienciación sobre el problema y de estímulo para la acción política? Pues porque hasta en eso estamos divididos: solo nos saca de casa el vitorear a unos o insultar a otros. Movilizamos la indignación a favor o en contra de alguien, nunca a favor de algo. Y mientras nos empecinamos en señalar culpables, olvidamos que nosotros también lo somos. No solo por algún comportamiento irresponsables en el monte, sino, sobre todo, porque somos presa fácil de las estrategias divisorias y de la banal fugacidad con que el debate público modula nuestra atención. Llegado el otoño, ya estaremos en otra cosa.