Nota beneCon su habitual refinamiento, �scar Puente ha sugerido que los residentes de las comunidades d�scolas tenemos un derecho menguado a requerir los recursos del Ministerio de DefensaEFEActualizado Domingo,

julio

00:19Audio generado con IAComo una deidad puntual y mal�vola que llevara a rajatabla su contabilidad, as� el fuego se cobra cada a�o su tributo de hect�reas en Espa�a -por cien mil largas vamos- en los meses en los que el sol alto castiga el campo yermo. Discut�amos acerca del rigor de la �ltima adaptaci�n cinematogr�fica de La Odisea, y el telediario brinda una escena hom�rica de evacuados que miran el resplandor desde la carretera por la que huyen. Escuchamos acongojados que el fuego est� �m�s all� de la capacidad de extinci�n� y descubrimos que, en esta �poca de pretendida omnipotencia tecnol�gica, no se ha roto a�n el v�nculo entre la vida ordenada de los hombres y la vida desordenada de la naturaleza. El parte meteorol�gico se convierte en plegaria laica y el CECOPI en colegio de augures que espera que amaine el viento y suba la humedad nocturna. �Tan provista est� de culpa� la naturaleza, escribe Lucrecio, que no puede haber sido creada para nosotros. Pero el hombre moderno es, como Odiseo, polymechanos, versado en muchas artes y armado con muchas m�quinas, y no se resigna a la intemperie ni se aviene a la fatalidad (la t�cnica es reforma de la naturaleza, dice Ortega). Los antiguos encargaban a los h�roes que purgaran la tierra de monstruos. Nosotros llamamos a la Unidad Militar de Emergencias. Con permiso del ministro �scar Puente, que con su habitual refinamiento -demi-pli�, pirouette y grand jet�- ha sugerido que los residentes de las comunidades d�scolas tenemos un derecho menguado a requerir los recursos del Ministerio de Defensa. Por fortuna, hay m�s Homero en esta historia: los griegos -y los italianos- nos env�an sus naves, esos aviones Canadair, aves capaces de beberse seis mil litros en doce segundos rozando el agua. Espa�a dispone de catorce anfibios, ardides odiseicos contra el fuego, aunque solo siete operativos: el polimec�nico que desatiende sus m�quinas se lo pone m�s f�cil a la naturaleza. El problema de fondo, con todo, no son los aviones en el hangar, sino la impiedad que los hace necesarios. Los ingenieros de montes se desga�itan desde hace tiempo advirtiendo que un monte sin hachas y sin cabras, tras medio siglo de �xodo rural, aboca a batirse en verano contra los elementos cuando ya se revelan indomables. En su lucha contra los vientos, Odiseo sab�a a qu� dios hab�a ofendido; en nuestra lucha contra los incendios, seguimos sin entender que el abandono del monte es una culpa que no se aplaca con sermones sobre el cambio clim�tico -que existe-, sino con dos ofrendas prosaicas: presupuesto y gesti�n forestal.