Con la llegada del verano, algunos niños reclaman jugar más con sus padres o quieren compartir más tiempo con ellos. A veces, también rechazan dormir fuera de casa, no quieren quedarse con otros familiares o prefieren renunciar a determinados planes si no pueden hacerlos en familia. Aunque este comportamiento puede hacer pensar que los niños se han vuelto más dependientes, en la mayoría de los casos responde a necesidades emocionales propias de esta época del año.
Vero, de 38 años, madre de Martín, de siete, empezó a darse cuenta de todo ello poco después de terminar el curso escolar. Esperaba que esos días fueran como los de otros años. Sin embargo, esta vez su hijo empezó a rechazar planes que antes disfrutaba sin problemas. “Siempre le ha encantado quedarse alguna noche en casa de sus abuelos o pasar la tarde con su prima viendo películas. Este verano, en cambio, nos dice que prefiere estar con nosotros o que ya irá otro día. Cuando le proponemos pasar la tarde con sus tíos, enseguida pregunta si nosotros también nos quedamos”, relata.
Ese deseo también se refleja en los momentos de ocio. “Cuando estuvimos en la playa quería jugar con nosotros y, cuando había más niños, enseguida volvía a buscarnos”, aclara. Al principio, Vero pensó que su hijo había dejado de hacer con naturalidad cosas que antes disfrutaba sin problemas. No obstante, después empezó a preguntarse si ese comportamiento formaba parte de lo habitual durante las vacaciones. “No sabía si insistir para que hiciera los mismos planes que otros veranos o respetar que quisiera compartir más tiempo con nosotros”, recuerda.










