Durante años, las vacaciones familiares parecen una tradición inamovible. La maleta se prepara entre todos, los destinos se repiten verano tras verano y los hijos ocupan el asiento trasero del coche sin plantearse demasiadas alternativas. Hasta que los hijos crecen. Empiezan a tener otros planes, otros intereses y, en ocasiones, se niegan a compartir las vacaciones con sus padres. Algunos prefieren viajar con amigos, otros buscan simplemente no hacer maletas. Es entonces cuando aparecen las dudas. ¿Existe una edad adecuada para empezar a dejarles elegir? ¿Hay que respetar su decisión aunque genere tristeza o decepción?La psicóloga infantil especializada en neuropsicología María Luisa Ferrerós, autora de Ahuyenta tus fantasmas (Boldletters, 2025), entre otros títulos, confirma que llega un momento en que muchos hijos empiezan a cuestionar unos planes de verano que hasta entonces daban por hechos y a desvincularse progresivamente del núcleo familiar. En ese proceso, muchos buscan alejarse de todo aquello que les recuerda a la infancia y comienzan a verse a sí mismos como personas cada vez más autónomas. “Es el momento de cortar el cordón umbilical con la familia y empezar a experimentar la libertad”, asegura. El deseo de hacer planes por su cuenta puede formar parte del crecimiento, aunque siempre debe analizarse según la personalidad del joven y la dinámica familiar. “Muchas veces esta diferenciación entre ‘mi familia’ y ‘yo’ se hace por oposición”, añade. El adolescente siente la necesidad de demostrar que es distinto: “Ellos viajan aquí y yo quiero viajar allí; ellos hacen una cosa y yo quiero hacer otra; ellos van en familia y yo quiero ir con mis amigos”. Es una forma de construir la propia identidad y reafirmarse como persona. “Hay una necesidad muy fuerte de convertirse en alguien que ya no depende de nadie”, sostiene.A pesar de ser algo habitual durante el despertar de la adolescencia, no todos los adultos viven este cambio con la misma naturalidad. “Entender que forma parte de su desarrollo ayuda a vivir esta etapa con menos angustia”, explica la psicóloga y psicopedagoga Laura Cerdán, que reconoce que algunas familias atraviesan una especie de duelo cuando sus hijos empiezan a reclamar más espacio y a construir sus propios planes. Pero esta transición rara vez se produce de forma brusca. “Los primeros signos suelen aparecer alrededor de los 11 o 12 años, cuando los hijos comienzan a desvincularse emocionalmente”, explica. La cuestión no es tanto la edad como la forma en que se desarrolla esa separación: de manera progresiva, respetuosa y adaptada al ritmo del menor.Aceptar que empiezan a hacer planes por su cuenta tampoco significa desaparecer de sus vidas. La confianza, dice Cerdán, tiene un papel fundamental durante la adolescencia y debe construirse en ambos sentidos. “A veces se confunde supervisar con controlar”, añade. Encontrar un equilibrio entre acompañamiento, límites y comunicación resulta esencial para conceder libertad sin dejar de estar presentes. Cerdán establece una distinción clara entre acompañar y controlar: “Estar presente es transmitir que, pase lo que pase, sigues siendo un refugio seguro al que acudir. Estar disponible las 24 horas suele traducirse en controlar o hipervigilar, aunque se esté emocionalmente ausente”.Ferrerós reconoce que el miedo no suele estar tanto en que los hijos quieran hacer planes por su cuenta como en descubrir que están mintiendo. Cuando los adultos sospechan que no les están diciendo la verdad, se disparan todas las alarmas y surgen buena parte de los conflictos. Sin embargo, la psicóloga insiste en que los jóvenes suelen enviar mensajes contradictorios y que no conviene interpretar sus palabras de forma literal.Por su parte, Cerdán subraya que hay que estar atento: “Si de repente se aíslan completamente, rechazan cualquier tipo de comunicación o vemos una desconexión total, es importante estar alerta”. También aconseja afrontar esta etapa con cierta dosis de humor y perspectiva. “Lo preocupante me parecería que ese momento no llegara”, bromea. La especialista expone también el caso de otra paciente de 14 años que acudió a consulta llorando, convencida de que su madre y su padre pasaban de ella y que en vacaciones siempre le permitían hacer su propia vida. “Me dejan hacer lo que quiero”, le confesó. Mientras algunas de sus compañeras se quejaban de un exceso de control, ella reconocía que daría cualquier cosa porque se preocuparan más por ella o le pusieran algún límite.Para Cerdán, esta aparente contradicción no debería sorprender. Aunque reclamen más independencia, no han dejado de necesitar conexión, comunicación y afecto. “Si existe un buen clima familiar, los planes compartidos siguen ofreciéndoles algo que continúan valorando, aunque no siempre lo expresen de forma abierta”, afirma. ¿Cómo deben reaccionar los padres?Ante el deseo de pasar las vacaciones por su cuenta, Cerdán recomienda no interpretar el rechazo de los planes familiares como un ataque personal: “Conviene recordar que forma parte de su proceso evolutivo”. Los progenitores deben mantener la calma, validar cómo se siente el joven y buscar un equilibrio entre sus nuevas necesidades y la realidad de la familia. Pero la psicóloga reconoce que la negociación tampoco resulta sencilla. Uno de los errores más frecuentes es no saber calibrar la madurez de los hijos. “A veces seguimos viéndolos pequeños cuando, en realidad, ya son capaces de hacer muchas cosas por sí solos con responsabilidad”, asegura. Esto puede llevar a imponer normas excesivamente estrictas o, por el contrario, demasiado laxas, dificultando la comunicación. A todo ello se suma una emoción que muchas familias reconocen, aunque pocas veces verbalizan: la culpa. “El rol de cuidador sigue estando muy presente y dejar que nuestro hijo viaje solo implica dejar de cuidar y aprender a dejar ir”. Una sensación ligada al instinto de protección. Ferrerós advierte que forzar determinadas situaciones puede acabar generando más rechazo del que se pretende evitar. Al mismo tiempo, señala que cuando los mayores hacen el esfuerzo de organizar actividades pensadas para sus hijos y con el objetivo de compartir tiempo de calidad, los jóvenes suelen percibir esa intención: “Aunque al principio protesten, muchas veces terminan adaptándose y disfrutando”. Los adolescentes suelen entender mejor de lo que parece el deseo de sus familiares de seguir compartiendo tiempo con ellos, incluso cuando muestran resistencia o prefieren otros planes. Por eso recomienda encontrar un equilibrio entre insistir y dar libertad, sabiendo que hay actividades familiares que pueden negociarse y otras que forman parte de los compromisos compartidos.
Cuando los hijos ya no quieren ir de vacaciones con sus padres
¿Qué hay detrás de la pregunta “¿Tengo que ir con vosotros este verano?”. Dos psicólogas explican por qué este cambio es parte del crecimiento, cuándo conviene negociar los planes y cuándo poner límites








