La plaza está reservada desde hace meses. La mochila espera junto a la puerta y las vacaciones familiares ya están planificadas. En muchos hogares, esa semana de campamento o actividades forma parte de un complicado encaje para poder seguir rindiendo en las obligaciones durante las vacaciones escolares.

A medida que se acerca la fecha, el niño empieza a mostrarse nervioso, pone excusas o repite una frase: “No quiero ir”. Surge entonces la duda: ¿conviene animarlo a afrontar esa situación o es preferible replantear la decisión, aunque eso obligue a reorganizarlo todo?

Patricia llevaba meses preparando el verano de su hijo Cristian, de ocho años. El pequeño había participado en la elección del campamento y tanto Patricia como su pareja ya habían organizado esas semanas porque los dos trabajaban. Ambos sabían que, si finalmente no iba, tendrían que hacer cambios y buscar ayuda familiar para esos días.

Pocos días antes de marcharse, Cristian empezó a cambiar de actitud. Cada noche decía tener un motivo diferente para no ir. “No sabía si alentarlo a ir le ayudaría a superar ese miedo o si estaba dejando de escuchar lo que intentaba decirme”, apunta. Al final, optaron por que Cristian asistiera al campamento, aunque durante días siguieron preguntándose si habían hecho lo correcto.