El verano suele llegar acompañado de una negociación incómoda en miles de hogares. Los adolescentes reclaman más libertad, mientras los adultos intentan gestionarla con una mezcla de miedo, incertidumbre y confianza. Dormir fuera de casa, volver más tarde o acudir a festivales son algunas de las primeras experiencias que ponen a prueba el difícil equilibrio entre proteger y dejar crecer. ¿Cómo pueden los padres gestionar esta nueva etapa sin caer en el control constante? ¿Dónde está el límite entre supervisar y vigilar?El psicólogo Javier Ares Arranz considera que muchas discusiones parecen girar en torno a una hora de llegada o a una salida concreta cuando, en realidad, lo que se está negociando es algo mucho más profundo: cuánto control están dispuestos a soltar los padres y cuánta responsabilidad puede asumir un joven. “Una de las dificultades más importantes es que padres e hijos suelen vivir este proceso desde lugares muy distintos. Algunos jóvenes sienten que están preparados para alzar el vuelo, mientras que los progenitores ven riesgos que ellos todavía no perciben”, sostiene. La tensión aparece precisamente en ese punto de encuentro entre el deseo de autonomía y la necesidad de protección.La doctora Norka Malberg, psicóloga clínica y psicoterapeuta con más de 30 años de experiencia, formada en instituciones como la University College London, Harvard y el Centro Anna Freud de Londres, reconoce que este es un momento de gran incertidumbre para muchas familias, aunque forma parte del proceso natural de crecimiento: “Si un hijo ha empezado a volar de forma más autónoma significa que sus padres han contribuido a desarrollar una persona segura de sí misma, capaz de explorar el mundo social y emocional por su cuenta”. “Para algunos chicos y chicas es una etapa de ilusión; para otros, de ansiedad; y para otros, de conflicto de lealtad. Pero, en general, supone el inicio de un camino para encontrarse a sí mismos”, añade. Un proceso que exige paciencia y, en ocasiones, que los padres acepten que no siempre estaráns ahí para protegerlos. “Nuestros hijos necesitan poder encontrarse en el mundo”, reflexiona.Una de las dudas más frecuentes es cuándo empezar a conceder más capacidad de decisión. Sin embargo, la edad no siempre es el mejor indicador para determinar lo que un adolescente es capaz de asumir. “La pregunta clave no es cuántos años tiene, sino cómo gestiona la responsabilidad”, apunta Ares. A su juicio, conviene fijarse en cuestiones cotidianas: si cumple los acuerdos, avisa cuando surge un problema, reconoce sus errores o es capaz de anticipar las consecuencias de sus decisiones. “La independencia suele funcionar mejor cuando se construye de forma progresiva y no se concede de golpe”, insiste. Por su parte, Malberg señala que no existe una edad exacta para dar ese paso, ya que depende de la personalidad, el temperamento y la madurez de cada joven, aunque la mayoría comienza a reclamar más autonomía a partir de los 13 años.Ana María, divorciada y madre de dos chicos de 17 y 20 años, reconoce que gestionar esa transición no siempre le resulta sencillo: “Me cuesta decirles que no y muchas veces acabo cediendo para evitar enfrentamientos. Al mismo tiempo, veo que se hacen mayores y que algunos son incapaces de prepararse una simple tortilla o de organizar determinadas tareas. Sin embargo, exigen salir, quedarse solos o gestionar sus vacaciones como si fueran completamente independientes”.¿Cómo deben actuar los padres?Uno de los errores más habituales, según Malberg, es afrontar esta etapa desde el miedo. La psicóloga observa que muchos progenitores interpretan las conductas de sus hijos a través de sus propias experiencias, preocupaciones o ideas preconcebidas. Sin embargo, recuerda que la relación no empieza en la adolescencia, sino mucho antes: “Los valores, el cariño y la capacidad de estar ahí en los momentos difíciles construyen la base para que padres e hijos puedan atravesar las distintas etapas evolutivas y los momentos complicados de la vida”. Ese vínculo permanece, aunque a veces quede temporalmente oculto tras las discusiones, los conflictos cotidianos y el deseo de tomar decisiones propias.Por su parte, Ares advierte de que la preocupación excesiva es, quizás, el peor enemigo. “Algunos padres reaccionan imaginando todos los peligros posibles y acaban cayendo en dinámicas de vigilancia excesiva que deterioran la comunicación”, apunta. Otro error habitual consiste en convertir cada salida en un interrogatorio, lo que provoca que los hijos sientan que cualquier información que compartan será utilizada para cuestionarlos, castigarlos o limitar futuras libertades. En el extremo contrario, también observa a quienes, para evitar discusiones, dejan de poner límites. Pero él insiste en que es preferible establecer pocas normas, pero claras: “Considero fundamentales cuatro aspectos: saber dónde está, con quién está, cómo va a volver a casa y qué debe hacer si surge una situación complicada”.Según la doctora, la falta de autonomía también tiene consecuencias. Según explica, la sobreprotección puede dificultar el desarrollo de capacidades esenciales como la tolerancia a la frustración, la flexibilidad, la iniciativa o la responsabilidad, todas ellas necesarias para afrontar situaciones complejas, asumir riesgos y desenvolverse con seguridad en la vida adulta. “Los adolescentes a los que apenas se les permite asumir responsabilidades tienden a desarrollar una mayor dependencia”, sostiene. Aunque para muchas familias el miedo no nace de una hipótesis, sino de experiencias concretas, según informa la experta. Luis Gómez y Marta Saladich de Madrid afrontan este verano con más preocupación que los anteriores: “Nuestra hija de 16 años salió el año pasado con unos amigos y acabó en comisaría por el robo de una botella. Fue un susto enorme y el asunto todavía no está cerrado. La castigamos durante meses sin salir, pero no sabemos si eso la ha hecho más responsable”.Pero ¿qué ocurre cuando esa confianza se rompe y se incumple una norma? Para Ares, convertir los errores en oportunidades de aprendizaje suele ser más eficaz que responder únicamente endureciendo el control: “La pregunta no debería ser únicamente ‘¿Qué castigo merece esto?’, sino también ‘¿Qué necesita aprender para que no vuelva a ocurrir?”. La gestión de esa confianza también se extiende al ámbito digital. “Compartir la ubicación del móvil se ha convertido en una de las herramientas más utilizadas por muchas familias", añade. Para el experto, el problema no es tanto el uso de esta función como el significado que adquiere dentro de la relación familiar: “Puede resultar útil en determinadas circunstancias, especialmente cuando existe un acuerdo transparente por ambas partes. El riesgo aparece cuando deja de utilizarse para situaciones concretas y pasa a convertirse en una forma de supervisar cada movimiento”. Malberg advierte de que un exceso de supervisión puede transmitir al adolescente el mensaje de que sus padres no confían en sus capacidades. A su juicio, cuando el control ocupa todo el espacio, resulta más difícil mantener el diálogo y afrontar juntos los desafíos propios de esta etapa. En la misma línea, Ares recuerda que el objetivo no debería ser criar hijos obedientes, sino responsables: “Un joven obediente cumple las normas porque hay una figura de autoridad observándole o teme las consecuencias de incumplirlas. Uno responsable entiende el sentido de esas normas y es capaz de actuar adecuadamente incluso cuando nadie le está mirando".
¿Cómo dar más libertad en verano a un adolescente sin caer en el control constante?
La búsqueda de una mayor independencia suele generar tensiones entre padres e hijos, especialmente en vacaciones. Los expertos advierten de que el exceso de protección y vigilancia puede ser tan perjudicial como la ausencia de límites









