Parafraseando a Roy Batty (Rutger Hauer) en "Blade Runner", "yo he visto cosas que vosotros no creeríais: fariseos en el templo aplaudiendo a León XIV". Han transcurrido algunos días desde la finalización de la visita del Papa y ya se han diluido parcialmente las habituales endorfinas que envuelven estos acontecimientos.Los creyentes, practicantes a tiempo completo o a tiempo parcial, han sido acreedores de una inyección portentosa de moral cristiana, y a ciencia cierta, creo que León XIV no ha defraudado. Su discurso, cristalino y radical, como solo se pueden expresar la fe y las convicciones, ha servido de alimento espiritual a muchas almas sedientas. A título personal, hay partes de su discurso que no comparto, pero agradezco la sinceridad universalista del heredero de Pedro, el apóstol, no del otro, que Pedros hay muchos.También están los otros, los que monetizan la visita del Papa por una fotografía para su álbum de falsedades, los que rentabilizan la mercancía papal para sus oscuros intereses partidistas, los que aplauden como saduceos en sus escaños. Ignoro qué piensa el Papa de ellos, pero, si por mi fuera, como a los comerciantes en el templo, a muchos los arrojaba a patadas, por farsantes e hipócritas.Por un momento de ebriedad intelectual, pensé que agnósticos y ateos declarados a un lado y otro del hemiciclo se convertirían en franca comunión a la fe católica, como hicieron Azaña o la Pasionaria, pero fue un pensamiento vano. Por un momento de delirio espiritual, pensé que alguien en el Congreso de los Diputados conocía la diferencia entre la ley natural y la ley dada, o que habían leído a Francisco de Vitoria o a Diego de Covarrubias, pero fue una mera fantasía pasajera.Por desgracia, y a los hechos recientes me remito, una sociedad democrática no se puede permitir la pamema de la autenticidad o de la sinceridad. De hecho, una sociedad de franqueza pura sería una sociedad aterradora donde sería imposible vivir.Por eso aplauden, se diga lo que se diga, lo entiendan o no. Puede parecer una afirmación cruel, que lo es, y hasta pesimista, pero qué se puede esperar de quien solo porfía por su supervivencia política. Como se dice en el libro de Job, "los hipócritas de corazón atesoran para sí la ira", y, por eso, les faltaron minutos para volver a sumirse en la marmita de la cólera. Les quedará su fotografía, para culmen de sus vanidades.Repito que no sé qué le pasa al Papa por su cabeza y suerte tengo de no saberlo. Pero humildemente sabrá, por mera observación, que la fingida conversión de los hipócritas "se perderá en el tiempo, igual que lágrimas en la lluvia".
La conjura de los hipócritas
El discurso del Papa León XIV, cristalino y radical, como solo se pueden expresar la fe y las convicciones, ha servido de alimento espiritual a muchas almas sedientas.












