León XIV finalizó este viernes su visita a España con un balance que combina un mensaje poderoso en defensa de los migrantes y contra el discurso del odio, con omisiones dolorosas. El Papa ha pasado de puntillas sobre el mayor escándalo de la Iglesia española en las últimas décadas: los abusos sexuales por parte de miembros del clero y su encubrimiento sistemático. Esta semana posiblemente deje un poso duradero en España por el poder de su palabra, por la plasticidad y la fascinación de las imágenes de la Sagrada Familia y, sobre todo, porque con sus discursos y gestos se está erigiendo, poco más de un año después de su entronización, en una figura antagónica del otro líder estadounidense global, Donald Trump. Pero el viaje también deja otro poso evidente de decepción. La injustificable actitud de la jerarquía católica española respecto a los abusos sexuales en la Iglesia —primero minimizando la importancia del problema; después, desacreditando el trabajo de EL PAÍS y sus periodistas, y finalmente obstaculizando los procesos de esclarecimiento y reparación de las víctimas— merecían una respuesta contundente del Papa. No ha sido así. En sus 22 discursos, el hecho más grave en la Iglesia española ha pasado casi desapercibido y, al menos en público, los obispos no han escuchado mensaje alguno sobre el imprescindible cambio de actitud que la sociedad demanda. Una reunión privada con algunas víctimas ha sido a lo máximo a lo que Roma ha llegado. Conviene dejarlo claro. Los abusos sexuales y la pederastia no son ni una “plaga” ni una “herida”, como ha dicho Robert Prevost sino un delito tipificado en el Código Penal de cualquier democracia, y como tal debe ser tratado y perseguido. También lo es el encubrimiento. La Iglesia española está obligada a decir todo lo que sabe, a colaborar con la justicia y, en el caso de los casos no perseguibles, bien sea por prescripción, bien por fallecimiento de los acusados, a reparar a las víctimas sin reticencias de ningún tipo. Que León XIV no hiciera la más mínima mención en su presencia en la abadía de Montserrat, uno de los principales focos de pederastia en Cataluña, o que un agustino acusado de encubrir una denuncia acudiera a un encuentro de la orden con el Pontífice no son meros detalles. Se trata de actitudes que apuntan más bien a la voluntad de seguir esquivando la plena rendición de cuentas y la responsabilidad.León XIV, a pesar de las omisiones, puede considerar que ha cumplido sus objetivos, y de este viaje quedará la defensa de los migrantes en un momento en que la retórica de la “prioridad nacional” y el discurso racista avanzan en España y en Europa. La etapa final en Canarias ha dejado escenas imposibles de ignorar por la extrema derecha. Son imágenes y palabras que merecerían la escucha y la reflexión de quienes, al tiempo que se reclaman de los valores cristianos, normalizan la xenofobia. Lo que queda de la visita del Papa es su tono tranquilo y a la vez firme en su defensa de la paz, el de un hombre que no ha vacilado en enfrentarse a Trump y que hoy es la voz más influyente ante todo lo que representan el presidente de EE UU y sus amigos en Europa y España. Esta es su gran fuerza, y a vez es la evidencia de la ausencia, en un mundo de líderes autoritarios y potencias depredadoras, de otras voces democráticas y civiles capaces de asumir este papel.