El Papa se fue de España el viernes satisfecho, con la sensación de un viaje triunfal, si se deja a un lado la peripecia final del vuelo de regreso. Era su primera visita a un país occidental, salvo su breve paso por Mónaco en marzo, y la cita iba a servir para medir la receptividad de su mensaje en los debates cruciales contemporáneos. En ese sentido, la visita ha sido un éxito. El impacto de León XIV en España ha sido profundo, tanto a nivel político como humano, porque el país ha descubierto un pontífice que le resultaba enigmático y difícil de descifrar, pero cuya popularidad y prestigio ahora se han disparado, con una asistencia masiva a sus actos.España ha conocido al Papa y le cae bien. De forma más generalizada y menos divisiva que con Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco. En su visita, además, Robert Prevost se ha soltado realmente por primera vez, ha improvisado más de lo habitual y ha multiplicado el contacto con la gente. Ha ayudado el hecho de poder hablar en castellano, con el que se maneja mejor que en italiano. Pero hay un análisis más allá del alcance nacional de la visita. El viaje a España ha sido programático, mucho más político que pastoral, y es el primer paso de una estrategia global, que cristalizó hace dos meses con el choque abierto del Papa con Donald Trump. El próximo 4 de julio, Prevost no estará en Estados Unidos para celebrar el 250 aniversario del nacimiento del país, su país, sino en la isla de Lampedusa, símbolo del drama migratorio en el Mediterráneo. Ya ha confirmado que en septiembre viajará a Francia, que en 2027 se asoma a unas elecciones decisivas con la posible victoria de la ultraderecha. A final de año, en noviembre, se espera un nuevo viaje a Perú, Argentina y Uruguay, aún sin confirmación oficial. La escala en la Argentina de Javier Milei también promete ser interesante.En España, León XIV ha mostrado su propuesta de una política humana e inclusiva frente al populismo de extrema derecha encabezado por la actual Casa Blanca y el tecnofascismo que denuncia en su encíclica. Está apostando por Europa y está buscando aliados. Tanto en los creyentes como en los no creyentes. Más que a los católicos, habla al catolicismo social y cultural de fondo que hay en España. El lema del viaje, Alzad la mirada, también era una llamada a la clase política a ser consciente de lo que está en juego en el mundo, por encima de las rencillas nacionales.Desde el primer discurso en el Palacio Real, uno de los más potentes, al del Congreso y a los que hizo en Canarias, León XIV ha desplegado un argumentario sólido en defensa de la inmigración y de la acogida de extranjeros, contra la polarización y quienes manejan “enfoques identitarios que pueblan el mundo de fantasmas y enemigos”. También a favor del derecho internacional y el multilateralismo, y opuesto a la guerra y el aumento de gasto en defensa. La línea está clara.En este viaje, no obstante, ha habido otras cosas menos claras. El asunto más incómodo y peor resuelto ha sido el de la pederastia del clero. El otro ha sido la segunda polémica que surgió en el viaje, sobre el uso del catalán y el discurso papal en el acto de la Sagrada Familia en Barcelona. Ambos tienen algo en común: revelan las limitaciones del margen de maniobra del Pontífice, marcado de cerca por la Secretaría de Estado y la Iglesia española, los organizadores del viaje, que tienen una sintonía conservadora, más de los tiempos de Juan Pablo II. No obstante, Prevost no es tonto y actúa en frío. Es reflexivo, va tomando nota y luego adopta decisiones. Habrá sacado sus conclusiones de lo que ha visto en España.Sobre el escándalo de la pederastia, hubo una consigna clara de reducir al mínimo su presencia en el programa. Solo hubo una mención en un discurso y una reunión muy hermética con seis víctimas de la que no se sabe nada, pues fueron escogidas cuidadosamente para eso; eran personas anónimas para los medios. No hablar de ello en la abadía de Montserrat también fue una omisión muy significativa. La Conferencia Episcopal Española (CEE) ha querido plegar al Papa a su visión de que el asunto ya está resuelto y no es un problema. Con el apoyo de la curia vaticana, que también está en su línea. León XIV ha aceptado ese guion, pagando el coste de que sea el único punto negro de la visita, pero otra cosa es que se lo crea. Su compromiso en la lucha contra esta lacra ha sido claro antes de ser Papa, pero sabe que es el problema más explosivo de la Iglesia y se mueve con cautela. Tarde o temprano, en los próximos meses, deberá desvelar sus cartas.El segundo asunto, el uso del catalán y el discurso en la Sagrada Familia, ha sido más enrevesado. El Papa percibió la polémica de la lengua y decidió aumentar la presencia del catalán en todos los discursos, y también lo practicó para pronunciarlo bien, un esfuerzo que ha sido apreciado en Cataluña. Pero el problema también estaba en el contenido de algunos discursos. Y es algo que el Papa ya ha ido viendo a lo largo de este año: desde Secretaría de Estado, donde le escriben los textos, le colocan trampas para hacerle decir cosas. A veces se desactivan a tiempo, a veces no. Estas tensiones quedaron en evidencia en el discurso de la Sagrada Familia, porque el propio Vaticano fue descubriendo el pastel a los periodistas. Los medios que seguían al Papa en su séquito, entre ellos EL PAÍS, han ido recibiendo los discursos la noche anterior, bajo embargo. Pero en este caso, el mismo día llegó una segunda versión, en la que salían a la luz los retoques efectuados. Es información reservada, pues es material de trabajo y en ocasiones algunos periodistas acreditados han sido amonestados por desvelar estos cambios, que a veces son muy reveladores. Sin embargo, incluso el propio León XIV cambió aún más sobre la marcha algunas frases de aquel discurso y lo que ocurrió es que algunos medios madrileños no se percataron de ello. De ahí que publicaran, cuando no había sucedido, que el Papa definió la Sagrada Familia “signo de unidad y de concordia para toda España”, cuando la palabra “España” en realidad al final no se había pronunciado, aunque estuviera en el papel. Este episodio, ya expuesto en medios catalanes, es sintomático de los pulsos que se libran a espaldas del Pontífice. También ocurrió con referencias al aborto.León XIV ha empezado a hacer movimientos precisos en el plano internacional, pero a nivel interno y doctrinal se sigue moviendo con prudencia, porque lo último que desea es una rebelión en la curia y en la Iglesia como la que afrontó Francisco, que iba por libre. Va ganando autonomía, pero aún debe sortear zancadillas. Su prioridad es rebajar la división y prefiere no actuar de frente y con estridencia. Pero el viaje a España le ha servido para detectar obstáculos. También en esto la visita ha sido interesante.