Hay familias enteras que han dormido en la calle para coger sitio. Han llegado en autobuses fletados desde provincias, con bocadillos envueltos en papel de plata y camisetas serigrafiadas para la ocasión, y cuando el coche blanco de León XIV asoma por la Castellana se oye un rugido que firmaría encantado cualquier estadio. A mí me ha pillado un poco lejos, pero he visto a gente llorar. He visto llorar a señores mayores con el polo planchado, a madres que levantan a sus hijos por encima de las vallas para que el niño vea pasar, durante cuatro segundos, a un anciano vestido de blanco que saluda con la mano. He visto llorar al cantante de Siloé y he visto a Almeida agachando la cabeza como un monaguillo. He visto a Ernesto Castro, la madre que me parió, que ahora se ha vuelto católico. He visto todo eso y no me he molestado en mirar demasiado porque la vida real transcurre por otro lado.

No soy católico, sobre todo porque Dios no existe, y no va a existir por más que más de uno lo necesite con tanta urgencia. Pero, no siendo católico, seguramente sea más cristiano que la media de los que llevan un crucifijo haciendo rápel por el pecho. Buena parte de esa multitud que estos días lloraba como una magdalena ante la visita del Santo Padre -vaya título-, vota, suele votar, con la regularidad de un metrónomo, contra todo lo que ese hombre ha predicado toda su vida. Porque ha habido Papas a lo largo de la historia que han sido unos auténticos hijos de Satanás, pero yo creo que el Papa de ahora, a más de uno, le daba un par de hostias.