Una emoción escalofriante atravesó el patio de butacas del auditorio de la prisión de Brians 1 en cuanto la figura radiante del Papa asomó por la puerta. Algunos de los setenta y cinco presos y presas elegidos para compartir el encuentro con León XIV no fueron capaces de contener las lágrimas y en pocos segundos, los nervios y la tensión acumulada durante los intensos últimos días de preparativos se desbordó transformada en una alegría infinita.A las puertas del salón de actos, su santidad descendió del vehículo que lo trasladó directamente desde el palacio episcopal de Barcelona, donde pudo descansar para afrontar la intensa jornada. El president de la Generalitat, Salvador Illa, el conseller de Justicia, Ramon Espadaler, el ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, y el resto de autoridades políticas y eclesiásticas recibieron al Papa a su llegada a la cárcel. Hacía más de una hora que los internos de varios módulos de Brians 1 y Brians 2, del módulo de mujeres y de la prisión de Wad Ras, le esperaban con impaciencia en las butacas asignadas de las primeras filas. Uno a uno, los elegidos fueron cacheados en el acceso al teatro y acompañados por los funcionarios de prisiones de sus módulos. A su alrededor, el personal de seguridad de los distintos cuerpos al tanto de la integridad del Papa, entraban y salían ultimando detalles.El papa Lleó XIV, en el moment de l'arribada al Centre Penitenciari de Brians 1Jordi Borràs / ACNLas más nerviosas, Montserrat López y Josefina, las dos presas del módulo de mujeres de Brians 1 elegidas para dirigirse al Papa, por el capellán Jesús Bel con el que cada sábado, desde el año 1997, celebran la eucaristía. Resumieron todo lo que tenían que decirle en un folio, mezclando castellano y catalán, y reservando un último párrafo para hablar en nombre de la comunidad cristiana en prisión.“Gracias por estar hoy aquí, porque demasiadas veces nos sentimos olvidadas”, le dijo Montserrat, aguantando la mirada del León XIV. La mujer con los ojos más azules de la cárcel le contó al Papa lo difícil que había sido para ella creer y confiar en un Dios al que en algún momento responsabilizó de la muerte de su hijo. “He luchado mucho y me ha costado toda una vida entender que Dios no era el culpable”. Con la voz entrecortada, le contó sus terribles problemas de insomnio que durante años le impidió conciliar el sueño. Hasta que una noche, “abrazada a una cruz, pude dormir, y yo sé que fue Jesús quien me ayudó”.Josefina abrazó al Papa tras su intervención.Simone Risoluti / ReutersAl final, los nervios se apoderaron de la mujer, se saltó un par de párrafos de su propia intervención impresa en una página y terminó con un “gracias” lleno de verdad que acompañó de un abrazo largo y sincero que envolvió durante varios segundos al Papa. Le habían dicho a Montserrat y a Josefina que al Pontífice se le saludaba dando la mano, pero a ella le pareció tan próxima, cercana y familiar aquella figura que le miraba con ternura, que le pudo la espontaneidad y tras el abrazo le estampó un par de besos en la mejilla, mientras el Pontífice le entrega un estuche con un rosario bendecido que la mujer se colgó del cuello al instante.La peluquera del módulo de mujeres, Josefina, mucho más calmada después de que Montserrat rompiera el hielo, leyó con calma su intervención, en catalán y en castellano. Y habló en nombre de la comunidad cristiana de presos para agradecer una visita que les ha llenado de esperanza. “Cada uno de nosotros representa una historia diferente, pero nos une un mismo deseo, el de ser reconocidos con dignidad y confianza”. Y tras su intervención, emuló a su compañera y abrazó con cariño al Pontífice, que se dejó querer.León XIV atendió bien el mensaje de las dos mujeres y les respondió que todo ser humano “es digno por el mero hecho de haber sido querido, creado y amado por Dios”. El silencio acompañó cada frase del Pontífice: “Aunque el agobio y la tristeza marquen momentos de vuestro camino, los errores de una vida no marcan la identidad de una persona”, les aseguró.El Pontífice había sido recibido en el salón de actos, adecentado, pintado, con aire acondicionado y ventiladores recién estrenados, con vítores de los presos, aplausos en pie y los cánticos de dos monjas a la guitarra, en un extremo de la sala.El escenario, engalanado con guirnaldas de flores blancas, rosas, liliums y margaritas, confeccionadas por las presas, era sobrio y sencillo, y lo coronaba un versículo de Mateo, el que dice: “Estaba en la cárcel y vinieron a verme”. Un sillón para el Pontífice y una talla de la Virgen de la Mercé, patrona de los presos, justo la que había en la capilla de la cárcel Modelo y que acogió la orden de la Mercé en su sede cuando cerró la prisión. Y al otro lado, una imagen de la Virgen María que el Papa regaló al centro penitenciario en recuerdo de la visita.Al final, el paso por la prisión duró un poco más de veinte minutos, después de que el Pontífice desandara sus propios pasos sin prisas, dando la mano, repartiendo bendiciones y cruzando gestos y palabras con los asistentes. No tenía presa en irse y se le notaba. Como contó uno de los miembros de la delegación del Arzobispado de Barcelona, la de la prisión terminó sin estar previsto, uno de los actos más emotivos de su visita, hasta ese momento, por el formato casi privado del acto, con muy poca gente y la que estaba, absolutamente entregada y agradecida por el gesto del Pontífice.La emoción no solo desbordó a los internos. Los funcionarios y funcionarias de prisiones, que durante la última semana, trabajaron a destajo para que el día a día de la prisión no se viera alterado por un dispositivo de la magnitud de la visita de un jefe de Estado, terminaron, algunos accediendo al auditorio para ver de cerca al Pontífice en la salida. Muchos le dieron la mano y alguna, incluso, le acercó la talla en plata de la Virgen de Montserrat que lleva en la cartera desde el día, allá por el 1991, que supo que había conseguido una plaza de funcionaria de prisiones. El Papa la bendijo y a ella, destinada al módulo 1, le costó contener las lágrimas. A su lado, una mujer mostró a Robert Prevost dos rosarios y una medalla de la virgen de la Milagrosa enredadas en sus manos, mientras el Pontífice hacía la señal de la bendición, alzó la pieza que entregaría a los padres de su sobrina Valentina. Un emocionado director de Brians 1, Jordi Pons, fue el encargado de dar la bienvenida al Pontífice, asegurando que ni él, ni los presos, ni los trabajadores de la prisión, de todas las disciplinas, olvidarían en la vida “el honor” que les ha supuesto la visita. Escribe y cuenta historias de la mala vida desde que empezó en el oficio del periodismo, desde los tiempos del fax. Autora de 'Desmontando el crimen perfecto'. Convive con dos perros, Simón y Lola; y con todo por aprender