“¡Ay, el Papa va vestido de Papa!”, grita emocionada una mujer entre la multitud. Lleva más de dos horas esperando frente al Palacio Real y su recompensa apenas dura tres segundos: el tiempo justo para distinguir a León XIV tras la ventanilla de su vehículo oficial mientras atraviesa la plaza camino de la ceremonia de bienvenida con los Reyes y otros representantes de las instituciones del Estado. El estruendo de los cañonazos de la Guardia Real sacude a los feligreses. Muchos se vuelven alarmados, pero no hay humo ni pólvora: solo una lluvia de confeti que anuncia la llegada del Pontífice en su primera visita a España. Es también su primer contacto con los miles de fieles y curiosos que han madrugado para asegurarse un hueco desde el que darle la bienvenida. Según los datos de la Delegación de Gobierno, 130.000 personas han seguido al Papa en su recorrido entre el Palacio Real y la Nunciatura. En primera fila espera la estadounidense Casey Sledzinski junto a su familia. Se enteraron de la visita de León XIV apenas unas horas antes, al aterrizar en Madrid el viernes por la tarde. La familia de su marido es de origen polaco y él vino a la capital española como refugiado hace 41 años, desde Polonia, y nunca había vuelto a la ciudad. Lo que más le interesa del Pontífice es su abierta discrepancia con el presidente de Estados Unidos. “Trump está haciendo cosas terribles en todo el mundo”, resume Sledzinski. Su postura tiene también una dimensión personal porque su marido emigró a Estados Unidos siendo niño, una experiencia que les hace seguir de cerca el debate migratorio. Por eso valora que el Papa mantenga una posición crítica frente a las políticas migratorias impulsadas por la Casa Blanca. A su lado espera una pareja peruana afincada en Madrid desde hace dos décadas. Han salido de casa a las seis de la mañana para asegurarse un buen sitio desde el que verlo pasar. “León XIV ha vivido en Perú y conoce de primera mano la pobreza que existe en nuestro país”, explica Rafael Zuloeta, de 56 años. Su mujer, Yolanda Gutiérrez, cree que la gente está acercándose cada vez más a la Iglesia porque “a pesar de que hubo errores e hicieron algunas cosas mal, ahora se ha visto un cambio”. Mientras la figura del Papa apenas se distingue a lo lejos, saludando a los Reyes y a las principales autoridades del Estado a las puertas del Palacio Real, una voz grave se impone sobre el murmullo de la multitud: “¡Viva el Papa!”. El grito prende de inmediato entre los asistentes, que lo repiten al unísono. Ha sido el primero en vitorear al Pontífice desde su llegada y, en cuestión de segundos, arrastra consigo a toda la plaza.Es la voz de Eduardo Gutiérrez, de 24 años, que viene con sus compañeros que pertenecen a diversas parroquias de Madrid. Cuenta que, al levantarse esta mañana, no sabía que la emoción de ver al Papa iba a darle el valor de entonar un cántico homenajeando a León XIV. El joven cree que “viendo el recibimiento que ha tenido, da la sensación de que el Papa conecta bien con los jóvenes”. Son muchos los que llevaban meses planeando este viaje y no se creen que ya haya llegado el día. Con 19 años, Javier Díaz Guzmán ha hecho el viaje de madrugada junto a sus amigos desde Alcázar de San Juan, en Ciudad Real. “Verlo en persona impresiona”, asegura el joven, que cree que la Iglesia ha reforzado su conexión con la juventud. “Estoy muy contento de poder encontrarme con tanta gente joven que comparte la fe como yo”, añade.La concentración de gente despierta la curiosidad de dos turistas que intentan cruzar el cordón policial para averiguar qué ocurre. Deciden preguntárselo a un agente que, entre el ruido y el bullicio, trata de desempolvar su inglés. “Today is el Papa in Madrid”, responde con marcado acento español: hoy el Papa está en Madrid. “¿Pero podemos verle desde aquí?”, insisten ellas. “Sí, sí”, contesta el policía, algo desbordado por la multitud que trata de acercarse. Sentada en las escaleras de la Catedral de la Almudena está Sarang Kim, una surcoreana de 33 años que observa con curiosidad la emoción de los fieles. “Pasado mañana iremos a Lisboa porque vamos a asistir a una competición, pero vinimos antes solo para visitar un poco Madrid”, cuenta. No sabía nada sobre la visita de León XIV, se enteró en la calle mientras hacía turismo. “Había mucha gente y pregunté qué pasaba. Me dijeron que venía el Papa. Así que decidimos quedarnos para verlo de verdad”. Viajó con su novio, Sub Bae, que voló desde Seúl para encontrarse con ella, y juntos improvisaron esta parada aunque no son católicos. “En Corea del Sur no es común ver algo así. El catolicismo no es nuestra religión nacional”. Kim estudia lenguas y culturas europeas, y por eso la escena le resulta fascinante: “Estoy muy interesada en la historia europea. Es increíble ver cómo tantas personas quieren ver al Papa y celebrar su llegada”. Para esta surcoreana, este grupo de personas, la devoción colectiva, es una ventana real a algo que solo había leído en libros.Al salir del Palacio Real, el Papa no quiere defraudar y sube al papamóvil. Tras apenas unos segundos más viéndole saludar, la multitud empieza a dispersarse. Algunos se quedan quietos, mirando todavía hacia la calle por donde desapareció el Pontífice al que esperaron por un par de horas; otros bajan los brazos después de grabar con el móvil y revisan el vídeo para asegurarse de que el Papa salió enfocado. Hay quien se sienta en el bordillo para descansar, quien vuelve a mirar el reloj, quien manda un audio contando que “sí, sí, lo vimos, pasó rapidísimo”. A un lado de la calle, una mujer camina descalza y pide dinero con un pañuelo ajustado en la cabeza y un vaso de plástico en la mano. Avanza despacio entre la multitud y extiende el vaso con un gesto tímido, casi resignado, y murmura algo que apenas se escucha entre el ruido. Pide una moneda, pero son pocos los que se detienen. A un lado, varias personas se hacen fotos con el Palacio Real de fondo. Un grupo brinda con botellas de agua, agotados por el calor y la espera. Más allá, una familia abre una mochila y reparten bocadillos mientras comentan lo rápido que pasó todo.