Si tengo que escoger entre creer a Zapatero o al juez de la Audiencia Nacional que acaba de imputarle, creo a Zapatero. Escribo lo anterior y, de inmediato, me entra el temor a estar incurriendo en algún tipo de falta o delito relacionado con la mera expresión de dudas sobre la independencia y profesionalidad del poder judicial. Lo han conseguido: ya vivimos con miedo. Y lo peor está aún por venir.
Haré, no obstante, una apuesta pascaliana a favor de que todavía sea posible en España la libertad personal en materia de credulidad o incredulidad. Dicho de otro modo, que aún no sea obligatorio acordar a la opinión de un juez la condición de palabra de Dios, te alabamos, Señor.















