Una vez, un amigo que trabaja en Mercadona me contó una historia sobre Juan Roig. Dicen que la razón por la que en sus supermercados no hay arcos antirrobo, ni alarmas en las botellas, ni candados en los estantes que guardan los productos más caros, ni siquiera, a veces, guardias de seguridad, es que al empresario valenciano le parece que no son rentables. Roig considera que sale mucho más a cuenta fiarse del “jefe” –que es como llaman en el argot interno a los clientes– y asumir que alguna cosa habrá que te birlen. Tener que instalar todo un sistema de vigilancia no solo sería más costoso, sino que terminaría por calar a la forma en que los trabajadores se relacionan con los clientes y, al final, a la manera misma en que los clientes se ven a sí mismos: como extraños en los que el propio establecimiento no confía.

No sé hasta qué punto es verdad. Pero igual he contado muchas veces esta anécdota porque me sirve para defender mis propias decisiones. Como empresaria me empeño en que las personas que trabajan para mí no tengan ni horario fijo, ni obligación de acudir a un centro de trabajo, si la organización de la compañía lo permite. Confío en que harán su trabajo de la manera que estimen que es más conveniente. Mientras fui propietaria de un grupo hostelero, tampoco instalé nunca cámaras en los establecimientos, a pesar de que es una práctica muy común en el sector para evitar los robos por parte de trabajadores.