Hemos ido adoptando el tono grave que provocan estos tiempos convulsos y parece que no hay regreso al humor de antaño. A menudo Vicent me saca una sonrisa, algo que, perdonen la nostalgia, me trae el eco de un tiempo más despreocupado. Decía el escritor que es mucho más fácil ser un político honrado que corrupto, vamos, que lleva menos trabajo actuar correctamente. Eso me recordaba a aquel falsificador de billetes, creo que de los cincuenta, al que la policía pilló en plena tarea: un pequeño tallercito donde el tipo realizaba un trabajo de primorosa artesanía. Para falsificar un billete de 100 pesetas, este delincuente con grandes dotes para la miniatura se gastaba 50. Pero, hombre, le preguntaba el policía casi con pena, ¿no le habría salido más a cuenta enfocar todo este arte a un oficio honrado? Ahora los delincuentes nos engañan haciéndose pasar por el banco o por Brad Pitt.

Sonreía leyendo a Vicent porque reconocía en sus palabras la tesis de un hombre honrado, me identificaba, y podía imaginar la de noches que cualquiera de nosotros habríamos pasado sin pegar ojo temiendo que al día siguiente seríamos descubiertos, que en un futuro habríamos de hacer el paseíllo a los juzgados, que nuestra familia habría de lidiar con una mala reputación inmerecida, que mancha a quienes más queremos. Esa vergüenza anticipada no nos dejaría vivir tranquilos, y aunque la tarea de delinquir no fuera tan minuciosa como la del viejo falsificador, ni requiriera de talento artesanal alguno, la posibilidad de ser descubiertos nos reconcomería hasta el punto de desear que aquella amenaza acabara de una vez.