El Banco Central Europeo se siente cómodo con los tipos de interés en el 2%. La entidad con sede en Fráncfort ha optado este jueves por dejar el precio del dinero intacto en ese nivel, en una decisión tomada por unanimidad. Constata así que han llegado a su fin los tiempos en que las reuniones se contaban por bajadas. “El proceso desinflacionario ha terminado”, proclamó su presidenta, Christine Lagarde.
El nuevo ciclo se antoja más líquido, menos predecible, sin un rumbo claro, con la puerta abierta a subidas y descensos, pero con aires de retoque, no de bandazos ni de movimientos de calado. El punto de partida no es negativo. Más bien lo contrario. Y así se ha encargado de explicarlo Lagarde: lo peor de la incertidumbre comercial ha quedado atrás; el crecimiento, sin ser boyante, envía señales positivas; el desempleo, en el 6,2%, ronda mínimos históricos; la inflación de la zona euro, del 2,1%, está prácticamente donde quiere el BCE, y su camino hacia un aterrizaje suave ha sido mucho más plácido que el de la Reserva Federal, todavía atascada entre tipos altos, incertidumbres económicas y presiones de Donald Trump.
“Seguimos en buena posición porque la inflación está donde queremos que esté”, declaró Lagarde. Como era de esperar, la presidenta se mostró esquiva a la hora de dar pistas sobre lo que está por venir en los tipos: citó su habitual retahíla de que el Eurobanco tomará sus decisiones reunión a reunión, según los datos que vayan apareciendo, sin una senda predeterminada. A corto plazo, sin embargo, el margen para la sorpresa se antoja escaso, y la pausa parece garantizada dentro de siete semanas, en la próxima reunión de finales de octubre.













