Fráncfort cuenta con mantener sin cambios los tipos de interés en 2026 gracias a una inflación bajo control

Christine Lagarde agarra el cuenco de palomitas. Después de un lustro sin tregua, en el que la pandemia primero, y la crisis inflacionista después, situó al Banco Central Europeo en un estado de tensión permanente, las aguas parecen haber regresado a su cauce. En política monetaria eso significa inacción en la gran herramienta que mueve los mercados y las economías: los tipos de interés. No así en el análisis de datos y acontecimientos geopolíticos y comerciales en busca de potenciales perturbaciones, algo continuo, ajeno a la parálisis en el uso del botón nuclear.

Una inflación en el 2,1%, y lo que es más importante, rondando ese nivel en las previsiones del Eurobanco para los próximos tres años, unido a unas predicciones de crecimiento económico que si bien no son espectaculares, sí han mejorado en las dos últimas revisiones —se espera un avance del PIB del 1,2% en 2026 y del 1,4% en 2027 para la zona euro—, han colocado al BCE en una posición privilegiada en el mundillo de los bancos centrales, donde es algo así como una isla de placidez.

En Estados Unidos, aunque las cosas parecen mejorar, la Reserva Federal todavía no ha devuelto la inflación al objetivo —fue del 2,7% en noviembre—, y la incertidumbre sobre el sustituto de Jerome Powell es elevada, ante el temor de que la política monetaria quede en manos de un títere de Donald Trump. En el Reino Unido, la inflación es aún más alta, del 3,2%, por lo que el Banco de Inglaterra está yendo más despacio en la desescalada. Y en el otro gran transatlántico monetario, el Banco de Japón, reina la experimentación: en su reunión del 19 de diciembre subió los tipos al 0,75%, máximos de 30 años, desligándose así de décadas de mantener el precio del dinero alrededor del 0% para combatir la deflación y el estancamiento.