Animal extraño, el ser humano. El más dotado del planeta, arquitecto de grandes gestas, ideas, culturas. O de una centenaria Mostra internacional de arte cinematográfico. Pero muy capaz, a la vez, de desperdiciar su genio en sabotearse a sí mismo: con guerras, armas de destrucción masiva, teorías de la conspiración o, más simplemente, un reparto diario de horas donde el trabajo siempre gana. No hay mamífero tan brillante. Tan estúpido, seguramente, tampoco. La historia ofrece infinitas pruebas. En las últimas dos semanas, el festival de cine de Venecia ha sumado unas cuantas más con sus películas. El concurso ha ofrecido varios filmes notables. Y, de su mano, muchas reflexiones sobre las cumbres de talento e idiotez de la humanidad. Este sábado, por la noche, el palmarés cerrará una 82ª edición muy valiosa del certamen. Mientras, cabe asignar ya un premio, a los que habitamos el mundo: León de Oro a la mejor contradicción andante.

Hasta las plantas, a veces, parecen más sensatas, o eso sugiere Silent Friend, de la directora húngara Ildikó Enyedi, última obra intrigante de una competición memorable. La gracia, de Paolo Sorrentino, La voz de Hind, de Kaouther ben Hania, Bugonia, de Yorgos Lanthimos, Una casa llena de dinamita, de Kathryn Bigelow, Father Mother Sister Brother, de Jim Jarmusch, No Other Choice, de Park Chan-wook. Prácticamente cada día ha traído gran cine y estrellas, de Emma Stone a George Clooney, de Cate Blanchett a Oscar Isaac. Todo un guante lanzado a Cannes, el otro superfestival. Y todo un espectáculo colosal, casi tanto como Frankenstein, de Guillermo del Toro, conmovedora incluso con sus fallos, por el sueño cumplido del mexicano de adaptar la novela. Y por su reivindicación de las salas, donde se recomienda ver tamaña producción, que luego estará en Netflix.