Una conversación constante recorre el festival de cine de Venecia. Primero, hablan las películas. Luego, miles de periodistas, productores, estudiantes y apasionados alimentan un debate infinito en cada esquina del Lido, la isla donde se celebra la Mostra. Basta con poner el oído para captar reflexiones de todo tipo, ya sea ante un tempranero café o un tardío spritz. Solo hay una voz que apenas se oye. Y eso que es justo la que todos quieren escuchar: la de las estrellas. Muchas desembarcan, sueltan alguna frase en la rueda de prensa y punto final. Desfilan por la alfombra roja, fotos, autógrafos, aplausos y a otra cosa. A menudo, literalmente: algunas no pasan más de 24 horas en Venecia.

Todo apresurado, de ahí que su estancia, por lo menos, deba descansar sobre seda. La entrevista a famosos avanza ―¿retrocede?― hacia la extinción. Si acaso, se organizan mesas redondas, cada vez más abultadas: un grupo de privilegiados redactores, media hora frente a dos o hasta tres celebridades. O directamente nada: “Solo participarán en actividades oficiales”. Por un lado, el festival de cine más antiguo del mundo acoge cada año a más divos: nunca, probablemente, como en esta 82ª edición. Por otro, su silencio tampoco deja de crecer. Una contradicción que mezcla costes, tiempos, control, redes sociales y fallos de los propios medios. Un asunto complejo. Como las mejores películas.