Hay dos cosas hermosas en este mundo: amor y muerte.—LeopardiNo sabría decirte cuándo, pero volvía a ser verano (ahora que vuelve a ser invierno), quizá aquel verano, el nuestro. El lugar sí: mi casa familiar de El Segadillo, esa que tanto miedo nos daba a los dos, en el kilómetro 76 de ninguna parte, y que gracias a ti dejaron de ser mis días infantiles para ser mi juventud, mi primera juventud, como quien sobrescribe sin querer la partida. Yo, creo, era un poco más mayor, tal vez no el de hoy, tal vez no tanto; tú eras la misma. La trenza negra y larga, deshilachada, gruesa como la cola de un caballo; los ojos grandes y grises, y un vestido morado de florecitas y calaveras que yo no te había visto nunca. Pero lo traías en la mochila, me dices. Yo voy sin camiseta, quemado, con la piel a medio mudar como una serpiente, y de tanto meter barriga parece que hago apnea; tú lo notas, pero no lo comentas, igual que notas cómo, al sentarnos en el porche, abrazo un cojín para taparme. Ambos sabemos que moriste (estoy seguro de que tú también lo sabes), pero yo tampoco quiero hacerte sentir mal, y también elijo disimular. Estás guapísima.La tarde es un calco de aquella otra, con nuestro viaje a pie por el campo, hasta la zona vacía y tranquila del embalse; aunque ahora te niegas a bañarte y yo no insisto. Te sientas sobre una piedra, a la sombra, y te quitas con confianza la parte superior de tu biquini negro; yo, sin confianza, trato de ocultar mi erección, vergonzosamente rápida. Me pides que te dé crema, una crema solar de protección 300 con un extraño logo. Te pregunto en broma que de dónde has sacado eso, y tú me dices que estaba en tu mochila. Empiezo a extender la crema por tu espalda blanca, con las manos bien abiertas, esas manos grandes que, recuerdas algo triste, tanto te gustaban. Entonces paso a los costados, y noto marcadas tus costillas, y de ahí al vientre, relajado, suavísimo; no llego a confesarlo, pero siempre le tuve un cariño especial a ese vientre, siempre me pareció tu parte más graciosa, más simpática, más sincera. Pienso en seguir subiendo, y mi corazón se pone a latir muy fuerte, tanto que se oye; lo intento tapar hablando de cualquier cosa. ¿Qué te parece la vuelta de Aquí no hay quien viva? El Mariano hecho por IA no es lo mismo, ¿verdad? Pobre… Y mientras me maldigo, porque no quiero que pienses que estoy nervioso; quiero demostrarte que he madurado en estos años, que he aprendido, que ya no soy ningún jovencito inexperto. En un intento torpe por demostrar decisión, subo bruscamente a tus tetas, y las masajeo con una pretendida normalidad, casi con indiferencia, como si fueran una parte más de un cuerpo cualquiera, perfectamente inofensiva. Pero son tus tetas, y yo me siento otra vez el hombre más afortunado del mundo. Pronto, asegurabas, te las ibas a quitar, porque te encorvaban la espalda y te hacían daño. Yo te había dicho que las quería, que merecían ser conservadas como las de santa Águeda. Esta broma no te hizo gracia, no sabías quién era santa Águeda. Yo no sé si era una broma.Pongo música, nuestra lista, que suena muy mal, muy diferente; pero hacemos como que no, y vemos juntos el atardecer. Tú no dices nada de mi erección, y yo me empiezo a preocupar. Espera, pero ¿y si somos amigos? De repente tu cuerpo parece no pertenecerme, y lo deseo más, mucho más, de una manera casi deses­perada. Tus pezones son, o están, oscurísimos, como hinchados, y te siento ajena, extraña, por explorar. ¿Qué has hecho tú todo este tiempo? ¿Quién eres ahora? Pero ahora yo tampoco soy yo, me digo, y sin preámbulo te beso el cuello. Tú me correspondes sin sorpresa, y siento un alivio infinito. Paso luego a tu boca, que sabe a humedad, pero a mí no me importa nada. Te digo que te he echado de menos.El camino de vuelta no lo recuerdo, o quizá no hubo camino de vuelta. Estamos en mi cama, en nuestra cama, en la que tantas noches pasamos juntos, mejores y peores, pero siempre con otra esperando en el futuro. Yo me muero de ganas, y rápidamente te desnudo, sin desnudarme yo, y empiezo a besar todo tu cuerpo, con la idea real de no dejar un solo centímetro sin conquistar, sin hacer mío. Tú te dejas. ¿Te dejas, o te gusta? Quizá preguntar me haría parecer otra vez un torpe inseguro. Beso ahora esas tetas con las que tantas veces he soñado, dormido y despierto, y que vuelvo a tener junto a mis labios, pero que pronto dejaré de tener otra vez; las beso con obsesión, como si allí estuviera tu boca, tu cara, tu corazón, o el mío. Mientras, subo la mano por tu muslo y acaricio con una dureza artificial tu entrepierna, y gracias a Dios estás mojada. Pero una vez más soy incapaz de relajarme, de fluir, como decías tú, de no pensar en tantas cosas. Me pongo de rodillas, y empiezo a restregar la cara contra tu vientre, contra tu pubis, a abrirme paso entre los labios con los labios, con la lengua, de arriba abajo, a sorber con ansiedad, una ansiedad muy real, que me sorprende, ajena, como de perro, y entonces siento una confusa mezcla de excitación y asco. Aquello no sabe a ti. No sé a quién sabe. Aguanto un poco más para que no se note y me pongo de pie, y tú rápidamente me besas con fuerza para quitarme el sabor de la boca, que casi rebañas de mi lengua, de mis muelas, fingiendo un pequeño arrebato. Me tumbas en la cama y decides llevar la iniciativa, creo que por timidez. La sacas, la miras, me miras, y sonríes. La empiezas a chupar con una impaciencia algo actuada, lanzando pequeños gemidos y produciendo una exagerada cantidad de saliva; tú tampoco quieres parecer inexperta, tú también piensas mucho. Te hablo, para que no estemos solos cada uno en su cabeza; te prometo que los otros cuerpos han sido apenas copias imperfectas del tuyo, siniestros impostores que torpemente trataban de imitar tu imagen… Muchas veces me he consolado, te confieso, con la idea de que nadie más podría volver a tenerte, nunca. ¿Soy una mala persona?Pero tú no dices nada, y yo me callo también. Tomo con suavidad tu cabeza, para que puedas dejarlo, recorro con la mano la trenza que me obsesionó, y que creí encontrar tantas veces en la calle, y beso tu boca, un beso húmedo, largo, lento, en el que ambos nos esforzamos por resultar convincentes, como si nosotros mismos nos viéramos desde el pasado: no podemos decepcionarlos. Te tumbo, te lamo el cuello, la clavícula, y sin dejar de hacerlo rebusco en tu mochila, que ahora está allí. Saco un condón de color negro y me lo pongo sin preguntar. Te miro a los ojos a propósito, desde arriba, con el gesto serio, y te penetro; entonces va subiendo hasta nosotros, poco a poco, un olor dulzón, invasivo, empalagoso, quizá tolerable en un momento de mayor entusiasmo. Cuanto más profundo entro, más profunda es la peste, que sabe; te ha dado demasiado el sol. Trato de evitar esa mirada, capaz de descubrir que algo andaba mal en tres o cuatro segundos, cuando las demás podían estar meses sin enterarse. Pego mi cabeza con la tuya, para que no me veas, y subo la intensidad, y te agarro, y te follo, e intento no pensar para que no puedas leerme el pensamiento. Te estrangulo, intento estrangularte, pero no me sale. Recorro con la yema de los dedos la marca áspera y curva de tu cuello, que no vi, y lo estropeo todo. Tú me empujas hacia atrás, sales como puedes de la habitación y te encierras en el baño. Cuando abro la puerta, ya no estás, hace tiempo que no; del techo, o de las nubes, cuelga el cable, y la banqueta blanca está tumbada, y el suelo lleno de yeso. Uno no debería tener nunca un sueño, porque en cuanto lo tiene empieza a echar de menos a todo el mundo.