0:000:00El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia ArtificialAl llegar al apartamento de alquiler, un olor encapsulado flotaba en sus estancias traicionando la memoria olfativa de anteriores veranos. Las paredes no estaban impregnadas de aquel olor a pino seco ni las corrientes cremosas cruzaban el salón transportando notas de higo. No era un calcetín abandonado ni un trapo sucio sino el aire acondicionado que llevaba días y noches rugiendo afanoso para que las alegres personitas que iban llegando con sus sombreros de paja y toda la ilusión bien doblada en la maleta pudieran respirar. Aquel frescor artificial nada tenía que ver con aromas mediterráneos, más bien se parecía a los de una precaria oficina con un aparato de aire ochentero y las persianas echadas, sin línea del horizonte. Àlex GarciaDurante seis días, en aquel rincón de las Baleares no sopló una brizna de aire, y las aguas ardían. Así, acabábamos derrotados en el cuarto, con la cabeza hueca por el soniquete de ese aire que tanto habíamos detestado y que ante las veinte olas de calor nos acogió sin resentimiento. Poco a poco fuimos convirtiéndonos en ojeadores del punto de rocío, porque la humedad nos humillaba cubriéndonos la piel cada vez más bronceada de una pátina pegajosa. En las tardes borrachas de sol y en las noches incendiadas, mucho me acordé de Barry White y su pañuelo reparador. La sudoración del gran Barry formaba parte de su leyenda, por lo que en la mayoría de sus actuaciones llevaba en la mano un pañuelo –a juego con el traje–, con el que se iba secando las gotas que perlaban su piel negra y brillante. El calor interno de Barry fue también nuestro, pero no alcanzamos a manejarlo con la misma elegancia.El clima extremo abrasó las costas esmeraldas y los paseos turquesa, y la fantasía del verano azul se vino abajoOcurrió que el clima extremo abrasó las costas esmeraldas y los paseos turquesa, y la fantasía del verano azul se vino abajo. El mito construido a base de graciosas bicicletas, toallas marineras y paseos al anochecer con una rebeca en los hombros se desinfló, y empezamos a pensar en Islandia. A desear que una sacudida de frío nos sacara del tedioso horno, a comprobar que dejamos atrás los veranos de siempre. Pero ¿qué significa siempre cuando las costumbres han sido batidas por grandes enemigos de la humanidad como las crisis climáticas y las pandemias?No fue difícil identificarnos con aquellas distopías que, hambrientos de realidad, rehuíamos cuando éramos jóvenes. Las fantasías del escritor J.G. Ballard en La sequía o El mundo sumergido mostraban un mundo convertido en horno y en deshielo constante, donde el agua era la auténtica llave del poder. Entonces nos parecía un disparate, en cambio hoy nos asemejamos a los habitantes de Dune, desesperados ante una naturaleza inhabitable, e incluso empatizamos con las criaturas de El sol desnudo de Asimov, una novela en la que el clima organiza la civilización. En 1993, cuando ya proliferaban las noticias sobre la progresiva desertización del planeta, Octavia E. Butler firmó La parábola del sembrador, una historia ambientada en la California de la década del 2020, devastada por el cambio climático, los incendios, la escasez de agua y las temperaturas extremas. ¿Les suena?La ficción fue absorbiendo los vaticinios de la ciencia mientras la humanidad, enredada en las guerras, y dedicada a corromperse y aislarse, se dedicaba a producir sin límites. La política-espectáculo ocupó entonces el centro de la conversación, descuidando un planeta agonizante, y aún hoy minimiza un asunto capital desde un incomprensible negacionismo suicida. Muchas de las cruzadas llevadas a cabo por organizaciones comprometidas con la salud del planeta y sus habitantes (las altas temperaturas registradas en Europa este verano han causado la muerte de al menos 35.000 personas) han chocado contra la inercia y los intereses de unos pocos. Tal vez estemos a tiempo de frenar el agujero por donde desaparece la brisa perfumada de menta, pero parece indudable que los tecnooligarcas dedicados a la vigilancia extrema o los vehículos autónomos son amantes de la ciencia ficción, de Orwell a Bradbury, empeñados en convertir sus fantásticas especulaciones en realismo sucio. Todavía no quemamos libros, pero todo llegará, como este verano en el que nos abrasamos en la caldera de Pedro Botero­.