0:000:00El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia ArtificialDecía Joaquín Sabina en una canción que nunca hay que volver a los lugares en los que uno ha sido feliz. Sin embargo, y a pesar de que haya una parte de mí que concuerde con esta opinión, reencontrarnos con esos espacios donde fuimos y vivimos adquiere nuevas lecturas pasados los años. Especialmente, cuando descubrimos cómo han cambiado.Mi último caso ha sido París, ciudad en la que viví durante cuatro años y a la que volví recientemente para asistir a la conferencia de dos amigos en la Sorbona. Mientras ellos preparaban la presentación, me dediqué a deambular por el cercano barrio de Pigalle, quizás buscando esas escenas que asocio a mi querida París, como el negativo de una película que siempre tiene algo nuevo que revelar: dos copas de vino bailando sobre el mantel de una mesa, una ventana abierta dejando entrever a alguien tocando el piano, o los cafés donde, durante su único día libre, un joven camarero de Disneyland París se escapaba a escribir sobre la ciudad.Fátima vuelve a pasear cada domingo por la playa semivirgen donde con sus padres se sentían Robinson CrusoeSolo entonces, alcanzo las escaleras - hoy pintadas - donde solíamos beber vino barato. O aquel café donde nos dimos tantos besos antes de salir corriendo bajo la lluvia. Hoy es un gimnasio que se extiende por toda la calle.A esa incomodidad al ver los espacios que habitaste transformados por la gentrificación o el impacto ambiental la llaman solastalgia.Pigalle, en ParísA.P.La misma sensación que invade a otras personas que regresan o siguen viviendo en lugares que ya no reconocen alrededor de todo el mundo. Le sucede también a Fátima, habitante de una población del sur de la provincia de Alicante que vuelve a pasear cada domingo por la playa semivirgen donde, según me contó una vez, “mis padres y nosotras nos sentíamos Robinson Crusoe”. Lo piensa mientras camina entre los pinares arrancados y las excavadoras.O los vecinos de Benidorm, que estos días se despiertan a las cuatro de la madrugada para dejar sus hamacas preparadas para el resto del día. Por si acaso.Lee tambiénPorque es especialmente en verano, cuando no dejamos de reencontrarnos con esos antiguos refugios: la casa del pueblo de los abuelos, los paisajes mediterráneos hinchados de cigarras y afectados por los incendios; o pueblos marineros donde los restaurantes sirven paella con foie gras en lugar de aquellos arroces legendarios.Esa geografía donde quedaron tantas emociones ligadas a un momento concreto.Sigo paseando por París, esa ciudad a la que llegué con una pequeña maleta, pero donde ya no quedan viejos amigos, y elijo un nuevo café donde sentarme, recordar al camarero que quería vivir de escribir.Me veo tentado de mandarte esta postal azul de Matisse. A ti, que ya no sé ni donde vives. Decirte que ya no existen aquellas sillas azules del Honoré. Confirmar cómo hemos cambiado.Aunque si le preguntas a Fátima, posiblemente te diría que volver a los lugares donde fuimos felices, especialmente a esa antigua playa hoy llena de excavadoras en cuyos pinos se refugiaba con su familia, no solo se convierte en un espejo de nosotros mismos. También del estado del mundo actual.
'Solastalgia', por qué nos incomoda ver cómo han cambiado los lugares que amamos, por Alberto Piernas
Decía Joaquín Sabina en una canción que nunca hay que volver a los lugares en los que uno ha sido feliz. Sin embargo, y a pesar de que haya una parte de mí que concuerde con esta opinión, reencontrarnos con esos espacios donde fuimos y vivimos adquiere nuevas lecturas pasados...








