Algunas primeras veces producen una sensación desconcertante: parecen recuerdos. Antes de vivirlas, vimos, leímos y escuchamos tanto sobre ellas que la realidad termina llegando después de su propia versión. Cuando el encuentro ocurre, ya existe una idea de lo que debería sentirse, de aquello que merece atención y hasta de la forma en que habrá de ser contado. La experiencia sucede por primera vez, pero ya tiene algo que demostrar.Anticipar tranquiliza porque permite comparar, reducir riesgos y disminuir la posibilidad de una decepción; querer saber antes de elegir no tiene nada de irracional. Sin embargo, en ese intento por evitar lo inesperado hacemos un intercambio que pocas veces advertimos: ganamos control, pero la experiencia pierde margen para sorprendernos. Cuando todo llega precedido por imágenes, opiniones y advertencias, la realidad entra en escena con desventaja.Esa desventaja tiene una explicación: la realidad ya no compite contra la ignorancia, sino contra expectativas construidas durante días, semanas o incluso años. Una expectativa puede prescindir de las esperas, los olores incómodos, los silencios, el cansancio y todo aquello que no cabe en una reseña ni en un video de treinta segundos; la realidad, en cambio, llega completa. Por eso lo vivido suele parecer menos intenso que lo imaginado y menos extraordinario que lo prometido, no porque la realidad sea inferior, sino porque la comparamos con una versión de la que ya fue eliminada toda fricción.De esa anticipación nace la familiaridad prematura: visitamos sitios que parecen conocidos antes de llegar, escuchamos historias cuyos desenlaces intuimos y nos acercamos a alguien desde una impresión construida en su ausencia. Gran parte del encuentro ocurrió antes del encuentro.Lo más delicado ocurre mientras vivimos la experiencia, cuando dejamos de mirar para descubrir y empezamos a buscar coincidencias. ¿Atendemos a lo que sucede o solo medimos su parecido con aquello que nos prometieron? Con esa forma de mirar, cada diferencia se convierte en una deficiencia y lo inesperado, en lugar de abrir una posibilidad, se interpreta como una falla. Cuando lo vivido no alcanza la expectativa, no desconfiamos de la promesa: sentimos que la realidad quedó a debernos.Las opiniones ajenas hacen algo más que describir una experiencia: organizan la atención de quien todavía no la ha vivido. Una recomendación puede orientar, pero la repetición de imágenes y juicios termina fijando dónde debe detenerse la mirada y qué emoción se espera encontrar. Incluso el recuerdo comienza a tomar forma antes de que tengamos algo que recordar; la información ya no acompaña la experiencia, la escribe por anticipado.Sería un error convertir la ignorancia en requisito del asombro: el conocimiento también puede ensanchar la percepción y volver visible aquello que, de otro modo, pasaría inadvertido. El asunto no es cuánto sabemos, sino cuánta autoridad concedemos a ese saber. Algo se invierte cuando dejamos de usar la información para acercarnos a la realidad y empezamos a usar la realidad para confirmar la información.El mundo no ha perdido su capacidad de sorprender; lo que se ha debilitado es nuestra disposición a permitir que lo haga. Cada experiencia comparece ante una versión previa y debe demostrar su fidelidad, como si la realidad tuviera que justificar cualquier diferencia frente a lo esperado. El olvido del asombro comienza cuando una primera vez deja de ser descubrimiento y se convierte en comprobación. La experiencia apenas comienza, pero el veredicto llegó primero.Correo: yheraldo@yheraldo.comInstagram: @yheraldoX: @yheraldo33Facebook: Yheraldo MartínezÚnete a nuestro canal ¡EL UNIVERSAL ya está en Whatsapp!, desde tu dispositivo móvil entérate de las noticias más relevantes del día, artículos de opinión, entretenimiento, tendencias y más.
El olvido del asombro, escribe Yheraldo Martínez López
Algunas primeras veces producen una sensación desconcertante: parecen recuerdos. Antes de vivirlas, vimos, leímos y escuchamos tanto sobre ellas que la realidad termina llegando después de su propia versión. Cuando el encuentro ocurre, ya existe una idea de lo que debería sentirse, de aquello que merece atención y hasta de la forma en que habrá de ser contado. La experiencia sucede por primera vez, pero ya tiene algo que demostrar.Anticipar tranquiliza porque permite comparar, reducir riesgos y disminuir la posibilidad de una decepción; querer saber antes de elegir no tiene nada de irracional. Sin embargo, en ese intento por evitar lo inesperado hacemos un intercambio que pocas veces advertimos: ganamos control, pero la experiencia pierde margen para sorprendernos. Cuando todo llega precedido por imágenes, opiniones y advertencias, la realidad entra en escena con desventaja.Esa desventaja tiene una explicación: la realidad ya no compite contra la ignorancia, sino contra expectativas construidas durante días, semanas o incluso años. Una expectativa puede prescindir de las esperas, los olores incómodos, los silencios, el cansancio y todo aquello que no cabe en una reseña ni en un video de treinta segundos; la realidad, en cambio, llega completa. Por eso lo vivido suele parecer menos intenso que lo imaginado y menos extraordinario que lo prometido, no porque la realidad sea inferior, sino porque la comparamos con una versión de la que ya fue eliminada toda fricción.De esa anticipación nace la familiaridad prematura: visitamos sitios que parecen conocidos antes de llegar, escuchamos historias cuyos desenlaces intuimos y nos acercamos a alguien desde una impresión construida en su ausencia. Gran parte del encuentro ocurrió antes del encuentro.Lo más delicado ocurre mientras vivimos la experiencia, cuando dejamos de mirar para descubrir y empezamos a buscar coincidencias. ¿Atendemos a lo que sucede o solo medimos su parecido con aquello que nos prometieron? Con esa forma de mirar, cada diferencia se convierte en una deficiencia y lo inesperado, en lugar de abrir una posibilidad, se interpreta como una falla. Cuando lo vivido no alcanza la expectativa, no desconfiamos de la promesa: sentimos que la realidad quedó a debernos.Las opiniones ajenas hacen algo más que describir una experiencia: organizan la atención de quien todavía no la ha vivido. Una recomendación puede orientar, pero la repetición de imágenes y juicios termina fijando dónde debe detenerse la mirada y qué emoción se espera encontrar. Incluso el recuerdo comienza a tomar forma antes de que tengamos algo que recordar; la información ya no acompaña la experiencia, la escribe por anticipado.Sería un error convertir la ignorancia en requisito del asombro: el conocimiento también puede ensanchar la percepción y volver visible aquello que, de otro modo, pasaría inadvertido. El asunto no es cuánto sabemos, sino cuánta autoridad concedemos a ese saber. Algo se invierte cuando dejamos de usar la información para acercarnos a la realidad y empezamos a usar la realidad para confirmar la información.El mundo no ha perdido su capacidad de sorprender; lo que se ha debilitado es nuestra disposición a permitir que lo haga. Cada experiencia comparece ante una versión previa y debe demostrar su fidelidad, como si la realidad tuviera que justificar cualquier diferencia frente a lo esperado. El olvido del asombro comienza cuando una primera vez deja de ser descubrimiento y se convierte en comprobación. La experiencia apenas comienza, pero el veredicto llegó primero.Correo: yheraldo@yheraldo.comInstagram: @yheraldoX: @yheraldo33Facebook: Yheraldo MartínezÚnete a nuestro canal ¡EL UNIVERSAL ya está en Whatsapp!, desde tu dispositivo móvil entérate de las noticias más relevantes del día, artículos de opinión, entretenimiento, tendencias y más.







