0:000:00El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia ArtificialEl verano vacacional es generoso en amenidades. Playas superpobladas, motos de agua levantando fragantes olas de petróleo, baños de mar junto a las oleosas lanchas aparcadas en las boyas. Pagar cada grano de arroz de la paella a precio de oro. Deliciosas ­estancias en los famosos no lugares: aeropuertos, estaciones de tren, gasolineras. Ítem más: terrazas impenetrables, camareros sobreexplotados, masas que se desplazan de un lado a otro buscando la manera de coincidir en el mismo punto cercano o lejano. A esas tradicionales amenidades del verano, se ha añadido ahora la formidable oportunidad de visitar escenarios dignos de Belcebú: sádicas oleadas de calor, llamas infernales, montañas carbonizadas. En este asombroso verano presente, podría parecer que las moscas, eficientes protagonistas de las viejas vacaciones, están pasadas de moda. ¡Nos equivocaríamos! Siguen dando batalla. Las moscas son la compañía imprescindible en un verano como es debido. Getty Images/EyeEmAsociada a la incomodidad, al calor, a las heces, a los residuos orgánicos, la mosca tiene fama de macabra, ya que, formando una nube asquerosa con sus compañeras, suele indicar la existencia de cadáveres. Las moscas parecen inocuas. ¡Gran error! Agrupando sus 4.000 variantes, son la séptima causa de muerte humana (no teman, no nos alcanzarán: nosotros somos la segunda causa de muerte de nuestra propia especie).No están de moda, pero son indispensables en un verano como es debidoCon todo, los ecólogos nos recuerdan que las moscas son esenciales para el equilibrio de los ecosistemas. Carroñeras naturales, polinizan casi tanto como las abejas, representan una fuente de alimento primaria para pájaros, anfibios y reptiles, depredan algunos insectos nocivos y representan un precioso material de investigación: su sistema nervioso permite estudiar nuestras enfermedades neurodegenerativas.Sin embargo, el encanto de la ­mosca se percibe a la hora del crepúsculo cuando, como Dante resume en un solo verso, la mosca cede el paso al mosquito (“Come la mosca cede a la zanzara”, Canto XXVI del Infierno). Entonces, el cargante zumbido de la mosca, su vuelo constante, molesto e insidioso, es sustituido por la punzada rabiosa del mosquito, por el finísimo y diabólico pitido que no te va a dejar en paz en toda la noche.