Vivo en Madrid, lejos de cualquier costa. Como tantos habitantes del interior, crecí sabiendo que el mar era un destino, algo que exigía planificación y kilómetros. Pero el deseo de agua no entiende de distancias y en verano ese deseo se resuelve de otra manera: en ríos, pozas, embalses y lagos, esos lugares de baño que casi nunca aparecen en las guías. Empecé creyendo que era un fenómeno de pueblos remotos, condenados por la geografía a inventarse su propio mar. Me equivocaba. Muchas veces la playa no está tan lejos y, aun así, la gente prefiere quedarse. Elige la poza de siempre, el recodo del río donde se bañaban sus padres, la orilla del embalse donde se reúnen los vecinos. Son lugares más cercanos, pero no en el sentido geográfico: más cercanos emocionalmente, más íntimos. Bañarse allí es una forma de estar en casa.Siempre me interesó el encuentro entre el paisaje y las personas. No buscaba retratos ni tampoco paisajes vacíos, sino esa combinación en la que el entorno da contexto a la gente y la gente da escala y vida al entorno. En estos escenarios, la naturaleza no es un decorado: es el espacio compartido donde suceden las cosas. Un río puede funcionar como una plaza de pueblo, con su ir y venir de bañistas, sus corrillos, sus niños saltando desde las rocas. Quise que las imágenes recogieran esa vida social en medio de la naturaleza.Fotografiaba en verano, cuando el agua se llena de vida. El resto del año lo dedicaba a buscar: mapas, referencias, conversaciones, intuiciones. Aun así, algunos de los mejores lugares llegaron por casualidad, descubiertos de camino a otro sitio, al ver coches aparcados junto a un puente o siguiendo la ribera de un río.Sin proponérmelo, estaba registrando una tradición popular, una forma antigua de relacionarse con el agua y con los demás que se transmite casi sin palabras, de padres a hijos, cada verano en el mismo recodo del río. Cada lugar tiene sus reglas no escritas: la roca desde la que saltar, el rincón de sombra reservado de siempre. Son costumbres frágiles, que no protege nadie y que solo sobreviven mientras alguien siga bajando a bañarse.El agua nos convoca a todos por igual, tengamos mar o no. Basta un poco de sombra, una orilla y la promesa del frescor para que un lugar cualquiera se convierta, durante unos meses, en el centro del mundo de quienes lo frecuentan. Fotografiarlo fue mi manera de acercarme a esa comunicación íntima, la misma que el agua nos ofrece desde siempre.