Blanca Alonso recuerda que en 1964 y con 14 años solía fugarse de la casa de su abuela en Zamora montada en su bicicleta para luego detenerse a recoger los frutos de las higueras que rodean algunos tramos del río Duero. “Era el colmo de la felicidad, el bienestar y del placer. Fue mi escapada veraniega durante muchos años”, cuenta. En cambio, Ana Vázquez tiene la vívida imagen de la costa catalana de principios de los 2000 que rodea la ciudad de Vilanova i la Geltrú. Con seis años, solía caminar por la arena de la mano de sus padres, con un flotador con la cara de Mickey Mouse en la cintura. Ella siente que esas evocaciones le producen una mezcla de “nostalgia y paz mental”. Las separan décadas y lugares. Podría parecer que el verano funciona como un disparador emocional. No exactamente. La estación más cálida del año, dicen los especialistas, no actúa como un botón que reproduce recuerdos almacenados.“La memoria es una especie de caricatura de realidad, reconstruimos el pasado desde lo que somos ahora”, subraya Antonio L. Manzanero, profesor del Departamento de Psicología Experimental de la Universidad Complutense de Madrid. Cuando pensamos en la temporada estival, no evocamos el calor en sí, sino el escenario que lo acompaña, como son las vacaciones, viajes o el final de curso. El calor actúa más bien como una textura que abre la puerta a una categoría autobiográfica. “El calor por sí mismo es mínimo, lo importante es el contexto asociado a esa situación”, explica Manzanero.Así lo percibe Alonso, cuyo contraste era brutal en comparación con el resto del calendario. Esta historiadora del arte sentía que pasar la época más cálida del año en un entorno natural era su “vía de escape” frente a la rutina de estar interna en el colegio. “Había un castaño enorme en la casa, las ramas llegaban hasta la terraza y yo me acuerdo que cantaba todo el día”, asegura. A Vázquez, que se dedica a la programación y escribe de manera ocasional, le llenaba de emoción esperar que se revelaran las fotos que hacía con el carrete de su cámara de cartón. “Sentía mariposas”, expresa. Al evocar los veranos de la infancia, solemos quedarnos con los momentos más luminosos. “Eso nos ayuda, tiene que ver con la resiliencia”, agrega. El periodo veraniego incluye rituales, personas, ritmos y olores. No son recuerdos puntuales, más bien son estados afectivos.Louis Renoult, profesor de Neurociencia Cognitiva en la Universidad de East Anglia (Reino Unido), desmonta la idea de que los recuerdos están almacenados como archivos esperando ser reproducidos. “No existen hasta que son recuperados”, sostiene. Por eso cambian con los años y son distintos: “Es constructivo por razones evolutivas y por las limitaciones de lo que el cerebro puede codificar”.En una investigación reciente que realizó junto a otros científicos, analiza cómo pasan de un estado potencial a uno activo. Y esa transición no es neutra porque cada vez que “se despiertan”, se abre una ventana para modificarlos. Renoult aclara que las memorias son recuperadas a través de la interacción entre una huella latente y una pista (cue) o estímulo. En otras palabras, provienen del entorno que nos rodea, como el olor de un perfume, o de algo interno que puede ser el estado de ánimo. “Esta interacción constante con nuestro ambiente provoca que se creen de manera dinámica, en el momento”, dice. El estudio subraya la importancia del hipocampo como la estructura que permite que un recuerdo vuelva a tomar forma. No guarda experiencias completas, sino que funciona como un coordinador que reúne las distintas áreas cerebrales implicadas, pese a que esa reactivación nunca es exacta. Al volver a encender las redes, siempre hay espacio para omisiones y añadidos. Quizá por eso Alonso no recuerda solo las higueras. Recuerda la bicicleta, la libertad de escaparse, la sombra del río. Ninguno de esos elementos aparece aislado.Con el paso del tiempo, la forma de recordar también cambia. A medida que envejecemos, hay una tendencia a priorizar detalles semánticos (información general) sobre episódicos (los detalles concretos), posiblemente con “cambios en el estilo narrativo o déficits cognitivos”. Sí, las personas poseen más contenido para compartir. El cerebro que ensaya al mundo antes de nacer La profesora de investigación del CSIC y adscrita al Instituto de Neurociencias de Alicante, Guillermina López‑Bendito, aporta otro aspecto que ayuda a entender por qué ciertos recuerdos autobiográficos se construyen con fuerza, con una intensidad que desafía al tiempo. La arquitectura sensorial temprana condiciona la manera en que el cerebro integra emoción, cuerpo y memoria a lo largo de la vida.López‑Bendito explica que los sistemas sensoriales se forman mediante procesos intrínsecos dentro del propio organismo. Antes de que una persona incluso pueda nombrar lo que siente, el cerebro ya ha empezado a tejer relaciones. Cada sentido levanta primero su cartografía: el gusto, la vista, el olfato construyen mapas guiados por la genética, por conexiones precisas y por una actividad espontánea de las neuronas que va ordenando el territorio. Pero ese territorio nunca permanece aislado. Desde muy temprano se conecta con las regiones cerebrales que participan en la emoción y en la memoria. “Las cortezas sensoriales reciben información de centros que tienen que ver con el estado de ánimo y con procesos cognitivos”, señala.La genética, la formación de conexiones específicas y la actividad espontánea de las neuronas son los pilares de esta arquitectura inicial. Aunque es cauta con el término, López‑Bendito reconoce que el cerebro construye una representación del cuerpo desde el desarrollo temprano. Junto a su equipo de laboratorio, demostró en 2019 que la corteza sensorial de los roedores responde a estímulos intrauterinos. “La experiencia sensorial puede modular la formación de los circuitos porque están conectados mucho antes de lo que se pensaba”, explica. Cuando Blanca Alonso dice que lo que más extraña es “la sensación que me produce el agua a su paso”, no está evocando un paisaje, está activando un sistema. Un circuito que se armó en silencio y que todavía hoy, en un parque de Madrid de una tarde cualquiera, sigue respondiendo.
Agosto se va, queda el recuerdo: la ciencia de cómo el verano sigue vivo en la memoria
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