Ana PalacioActualizado S�bado,
agosto
00:12"Hay que ir recogiendo el verano" es la expresi�n familiar, sentenciosa y ritualmente repetida, que marca el proceso de aclimataci�n mental ante el retorno a la vida corriente y sus responsabilidades. La tengo incrustada en la memoria y escucharla me produce cada vez un pellizco en el est�mago. "Recoger el verano" es muchas cosas, desde la relaci�n de reparaciones y reposiciones "para el a�o que viene" -las tejas zarandeadas por el viento o las toallas a retirar- hasta los proyectos de cada uno, el repaso general de lo que se queda y lo que se va, festoneado todo ello por el "no te olvides de". En este contexto, el desaliento siempre me invade al confrontar la pila de libros inc�lumes que engrosan el inventario de derrotas. Tambi�n al apreciar los abandonados a medio camino, cuyo n�mero aumenta desde que ya no precede a su adquisici�n aquel examen en librer�a que sopesaba la utilidad de la inversi�n. A ello se suma haber perdido el respeto al libro "en esencia", por el que me tengo embaulados ladrillos insoportables.Pero la adustez del trance tiene sus alegr�as: aquellas obras que insospechadamente revelan v�nculos entre preocupaciones y textos dispersos, que justifican el vagar sin programa del par�ntesis estival, el demorarse en asuntos de apariencia inconexos. Mi �ltima lectura, Taking Religion Seriously de Charles Murray (Deusto la publicar� en espa�ol en octubre como Tomarse la religi�n en serio), se encuadra en esta categor�a. Empec� por sentido del deber, por ser regalo de un querido amigo y llevar meses preterida, aguardando turno en el desbordado mont�n de pendientes.No esperaba encontrar en un libro a prop�sito de religi�n una prolongaci�n de reflexiones que este verano han partido de Ulises o la inteligencia artificial y que, por variadas sendas, han conducido a la perenne interrogaci�n sobre Occidente. Murray narra c�mo decidi� adentrarse en los vericuetos de la religi�n. En su adultez, el tema sencillamente no importaba; nada le impel�a a combatirla ni a demostrar su falsedad. Para una persona de su edad, formada y satisfecha con las interpretaciones can�nicas de la modernidad, Dios pertenec�a al cap�tulo de las cuestiones que pod�an juzgarse superadas. No est� solo; algo se mueve desde hace unos a�os entre intelectuales occidentales de dispar procedencia. Niall Ferguson, historiador y bi�grafo de Henry Kissinger, cuenta c�mo, criado en el ate�smo, ha abrazado ahora el cristianismo. Ayaan Hirsi Ali, figura de referencia, musulmana primero y destacada exponente despu�s del llamado "nuevo ate�smo", se declar� cristiana en 2023. Son experiencias muy diferentes y ser�a absurdo hablar de boga de conversiones, pero se trata de un fen�meno que amerita atenci�n.Un fen�meno que no es exclusivamente anglosaj�n. Emmanuel Carr�re, premio Princesa de Asturias de las Letras 2021, lleva a�os habitando el conf�n entre agnosticismo y fe. El Reino, su formidable inmersi�n en Pablo de Tarso y los primeros cristianos, traduce la idiosincrasia de quien no cree pero tampoco puede dejar de escribir sobre c�mo fue posible creer y c�mo aquella creencia termin� transformando el mundo. Javier Cercas emprende un viaje de claras concomitancias en El loco de Dios en el fin del mundo. Contin�a confes�ndose no creyente, pero admite haber tenido que desprenderse de su "fobia anticat�lica" para encarar el fondo del libro: la Resurrecci�n. Y con voluntad de no alargar la lista, cabe rese�ar que una de las plumas m�s solventes de la joven generaci�n patria, Ana Iris Sim�n, se define como "reci�n llegada a la fe".Unos alcanzan a creer, otros siguen buscando; lo significativo es que todos han vuelto a considerar abierta una pregunta clausurada para buena parte de la cultura occidental. As�, independientemente del auge de la fe, es dif�cil rebatir que asistimos a un remozado inter�s por explorar este ambiguo territorio. Ello constituye una novedad de calado. La Ilustraci�n no aboli� la religi�n; muchos de sus protagonistas eran creyentes. Tampoco la ciencia moderna naci� contra ella. Sin embargo, durante el tramo final del siglo XX se extendi� en c�rculos acad�micos atl�nticos una certeza distinta: el avance del conocimiento ir�a limitando inexorablemente el �mbito reservado a Dios. La secularizaci�n dej� de entenderse s�lo como manifestaci�n social para erigirse en una filosof�a de la Historia. El "nuevo ate�smo" no trataba �nicamente de negar la existencia de Dios, sino de impugnar la religi�n como relato del mundo y fuente de verdad, desde la convicci�n de que racionalidad y ciencia reduc�an el espacio de las pretensiones metaf�sicas. As�, por un tiempo pudo dictaminarse que la modernidad hab�a resuelto la vieja disputa entre fe y raz�n.Quiz� la alternativa estuviera mal planteada.El atractivo de Murray radica en aproximarse a la cuesti�n religiosa desde el lado opuesto al fide�smo. No pide suspender la raz�n; la utiliza. Recorre el ajuste fino del universo, la conciencia, la moral y, despu�s, la historicidad de los Evangelios, la Resurrecci�n o la S�bana Santa. Sus argumentos son opinables -algunos mucho-, pero �se es precisamente el meollo: considerar que merecen discusi�n. Murray no acepta que por principio deba excluirse la hip�tesis trascendente antes de comenzar la indagaci�n. Eso implica, en el sentido literal del t�tulo, tomarse la religi�n en serio. Y quiz� explique por qu� el libro ha venido a cruzarse con otras interpelaciones de este verano. La inteligencia artificial nos obliga a interrogarnos sobre libertad, responsabilidad -lo que nos hace humanos-; en fin, materias que los avances tecnol�gicos, lejos de finiquitar, est�n devolviendo al primer plano, pues la frontera m�s avanzada desemboca en las preguntas m�s antiguas.La envergadura del reto sobrepasa la religi�n. Las preguntas que afloran se incardinan en la ontolog�a de Occidente -que no puede explicarse prescindiendo del cristianismo-. Atenas, Roma y Jerusal�n, la Reforma, la Ilustraci�n, el liberalismo y la revoluci�n cient�fica forman estratos a menudo enfrentados de esa misma construcci�n, pero conceptos que estimamos casi innatos -dignidad de la persona, igualdad, conciencia individual, universalidad, atenci�n a la v�ctima- comparten una genealog�a en la que el cristianismo resulta imposible de extirpar sin mutilar la historia.Este debate tampoco es nuevo. Durante la elaboraci�n del proyecto de Constituci�n europea -hace ya veintitantos a�os- se libr� una �spera batalla en la Uni�n en torno a la menci�n de sus ra�ces cristianas. Entonces pudo parecer una controversia identitaria, incluso sem�ntica. Joseph Ratzinger y Marcello Pera advirtieron que hab�a bastante m�s en juego. Por su parte, Joseph Weiler, jud�o y uno de los grandes juristas de la integraci�n europea, postul� que reconocer la matriz cristiana de Europa no equival�a a imponer una fe, sino negarse a falsificar su historia. Tuve el privilegio de vivir desde dentro el proceso como miembro del Praesidium de la Convenci�n sobre el Futuro de Europa, y mi defensa decidida de la inclusi�n me acarre� cr�ticas y vilipendios acerbos. Tambi�n me regal� alguna extraordinaria conversaci�n con Juan Pablo II, para quien la discusi�n rebasaba con mucho la redacci�n de un texto por fundante que fuera: se dirim�a la memoria que Europa quer�a acu�ar de s� misma.Vista hoy, aquella disputa adquiere una profundidad in�dita. La pregunta ya no consiste en si deb�a aparecer la palabra "cristianismo" en el pre�mbulo de un tratado. Es m�s exigente: �puede una civilizaci�n conservar indefinidamente unos principios despu�s de haber olvidado por qu� los considera valiosos?








