El verano es un buen momento para contar historias. Tan bueno como el otoño, el invierno o la primavera, pero con una ventaja extra: el tiempo rescatado de las urgencias cotidianas. Noches más largas y mañanas con menos prisas dan aire a mi niña interior, aventurera y fantasiosa, para que se pierda en una marea de historias. Historias para mí, de los libros que esperaban pacientes esta tregua y, cada vez más, historias compartidas. Compartir historias implica menos tiempo sólo mío, pero más universos desbordantes que alimentan mi corazón y mis ideas. Gracias a eso, este verano de Mundial y eclipses, de incendios y temperaturas desbocadas, de crisis humanitarias y discursos más incendiarios que el fuego, de áticos millonarios de ida y vuelta, de periódicos y televisiones repitiendo bulos con afán desestabilizador y cero sonrojos, también es un verano de fábulas y fantasía. De cuentos contados millones de veces y otros inventados sobre la marcha, al calor de la urgencia y de los intereses de quien me mira curiosa y me inspira.Los cuentos son una herramienta clave para el desarrollo del cerebro infantil. Estimulan la conectividad neuronal, potencian el lenguaje y refuerzan el vínculo afectivo entre niños y adultos. Fomentan la capacidad de concentración, aportan calma y ayudan a gestionar las emociones, identificar sentimientos, abordar miedos, entender valores o explicar el mundo. Lo dicen especialistas, como el neuropsicólogo Álvaro Bilbao, y lo han sabido las sociedades desde que llegó el lenguaje. Los relatos son pegamento social, ordenan el caos, explican el entorno, transmiten normas, crean identidad y fomentan la cooperación y la confianza entre desconocidos. Leyendo los últimos datos sobre el brote de ébola de la República Democrática del Congo (más de 2.500 muertos, más de 5.300 contagios) y lo que viene por la falta de fondos de cooperación internacional, pienso qué historias necesitamos para entender que los recortes matan y tienen consecuencias fatales a corto, medio y largo plazo que podríamos evitar. ¿Qué fábulas pueden explicarnos de nuevo, en tiempos de desafección, que la desigualdad no es una elección ni algo inevitable, sino el fruto de las dinámicas del mercado, explicables, casuales o arbitrarias, de inercias y factores que no escogemos, como el momento, el país o la familia donde nacemos? Para que entendamos otra vez la importancia de apostar no ya por el asistencialismo, sino por la justicia social. Para defender con convicción la utilidad de los impuestos y su necesidad para cimentar una sociedad justa y vivible para todos.
Fábulas de verano
Necesitamos relatos que nos vuelvan a explicar que la desigualdad no es inevitable, sino el fruto de las dinámicas del mercado







