Finales de Junio. Te despiertas. Nada más abrir los ojos tienes la piel bañada en un sudor pegajoso. Te tambaleas por el piso. Sientes el azulejo en las plantas de los pies y no está frío. Por el suelo anda tirada la ropa. Desgarrada, rota, vieja. Igual que la deja alguien que acaba de convertirse en lobo. Más o menos igual: has mutado con el verano. Si te miraras en el espejo no te devolvería el reflejo. El azogue se abriría paso conforme sonara un cante viejo en algún lugar del barrio. Abres las ventanas y aspiras el aire turbio. Empieza la noche en la ciudad. Será una noche de tres meses. Ahora eres de una raza nocturna que no duerme y no vive, que malvive, sobrevive, resiste el verano en un planeta pequeño que ha surgido de una brecha justo al lado de otro planeta y los seres que habitan en uno no habitan el otro ni se cruzan ni se conocen. Se verán si acaso de refilón, el rabillo del ojo y con desdén, ahí van esos.
Está claro.
No vas a dormir en todo el puto verano. Ya no hay días. Se acabaron los días.
La ciudad, te dicen te imaginas supones, se llena de guiris en sandalias porque solo los guiris llevan sandalias en ciudades que están lejos del mar, ciudades contaminadas en suelos fermentados por la fruta abandonada y la basura, pasto de las ratas y ojo con las ratas porque las ratas son hermanas, ellas buscan comida por las calles, se esconden de la luz y tú solo buscas beber algo y seguir en la tiniebla todo el tiempo que puedas.







