Pasar el verano en una ciudad trae casi siempre la misma promesa de los veranos en cualquier lugar: que el tiempo deje de exigirnos tanto como el resto del año. Las terrazas se llenan al frescor de horas más tardías, las ventanas quedan abiertas toda la noche, alguien decide en un café que hoy es un buen día para no hacer nada —cuando hace apenas una semana no le daba tiempo ni a terminar de despertarse, pagar, llegar al trabajo.

Hay ciudades donde el verano es igual al resto de las estaciones, como en Kiev. Aquí el verano no suspende la realidad: la ilumina. La luz alcanza las fachadas dañadas, los parques llenos de algunos agujeros y de muchas más personas, las mesas donde alguien sopla las velas mientras el móvil de al lado sigue, en silencio, la trayectoria de un dron. Nada queda oculto en Kiev. Ni la guerra ni la vida. La primera vez que vine a Ucrania encontré uno de los errores de traducción más bellos y afilados que conozco. Durante un tiempo, algunas aplicaciones que avisaban en inglés de los ataques aéreos tradujeron “sirens” como “mermaids”. El mismo desliz se extendió a carteles y paneles informativos. Los teléfonos y las calles repetían la misma instrucción imposible: había que obedecer a las sirenas del mar.