Reflexiones por carta sobre las vacaciones en la ciudad, el poder integrador del fútbol, la apertura de Madrid a la diversidad y la vida en el Campo de Gibraltar
En verano las ciudades se vacían y lo llamamos descanso. Durante el año las habitamos como quien atraviesa una cinta transportadora: trabajar, consumir, pagar, esquivar turistas, ruido, y alquileres imposibles. Se han vuelto eficaces para producir cansancio y rentables para convertirlo todo en experiencia. Lo que debería ser barrio se parece cada vez más a un escaparate: cafés idénticos, pisos turísticos y ocio empaquetado. Tal vez, la pregunta no sea solo dónde vamos en vacaciones, sino por qué necesitamos irnos para respirar. Una ciudad digna debería ser un lugar donde la vida pese menos: con sombra, vivienda, silencio, bancos y bibliotecas. Descansar no debería depender de escapar.
Fiona Dobal. Madrid
Cuando juega España, un gol basta para que una plaza entera grite y se abrace al mismo tiempo, para que nadie pregunte al de al lado de dónde viene o qué piensa. El fútbol tiene algo de fe, porque ya te digo yo que en eso no nos gana nadie. Quizá el fútbol no tenga la capacidad de unir un país. Quizá solo nos recuerde algo mucho más sencillo: que sabemos ilusionarnos, compartir y remar en la misma dirección con personas que no se parecen a nosotros y con las que, probablemente, no estaríamos de acuerdo en muchas cosas. Lo extraño no es que ocurra durante un partido. Lo extraño es lo rápido que olvidamos cuando las pantallas se apagan, como si aquella forma de convivir hubiera sido una excepción y no una posibilidad. El fútbol no arregla un país. Solo nos recuerda, durante 90 minutos, el país que todavía somos capaces de ser.













