Hubo un tiempo no muy lejano en el que, los veranos, la ciudad se quedaba desierta. Residentes y turistas se desplazaban al mar, a hoteles y apartamentos de algún puerto con playa. El centro urbano lo transitaban únicamente los cuatro gatos que no estaban de vacaciones. Que los termómetros marcaran treinta grados era extraordinario, y ahora es lo que marcan de noche. Desde que proliferan los cruceros, inmensas ciudades verticales atracan en el muelle y de ellas no para de bajar gente. Compran gorras, sombreros de paja y ventiladores de mano en tiendas de souvenirs; también abanicos, aunque no sepan abanicarse y para hacerlo muevan el brazo entero levantando el codo. Andrey Rudakov / BloombergUn calor pegajoso se cuela por la ropa hasta los pliegues de la piel, deja manchurrones de sudor en camisas, bermudas y vestidos de quienes hacen cola para comprar un helado o se arrastran –la cara roja, la lengua fuera– hasta la sombra de un olivo milenario frente al ayuntamiento, con un cartel donde pone: “Árbol singular” en varios idiomas. En muchos establecimientos, todo está escrito solo en alemán. De los locales salen bocanadas de aire acondicionado y, alternativamente, exhalaciones ardientes del aparato que lo proporciona. De los instalados en las fachadas, caen gotas.Trayectos que en invierno son agradables se han vuelto infernalesLos bares que frecuentabas de joven ya no existen. Ahora son una galería de arte anodino, un sitio de brunch, una coctelería, un fast food. Apenas hay mesas ocupadas en las terrazas, la mayoría de los interiores están vacíos. En cambio, esas tiendas de ropa que puedes encontrar en el centro de cualquier ciudad europea se llenan de gente, colas en la caja y en los probadores, donde la clientela se despoja de sus camisetas sudadas para enfundarse lo que tal vez decida llevarse y seguramente no.Imposible encontrar taxi. Ni solicitándolo por teléfono o con la app llega jamás. Un Uber cuesta setenta euros para un recorrido de quince minutos. Toca caminar. Trayectos que en invierno son agradables se han vuelto infernales. No puedes respirar. No puedes pensar. Quieres llorar. La luz del cielo está sucia. Alrededor oyes lenguas diferentes –todas extranjeras– y el mismo agotamiento en todas ellas. Hubo un tiempo en el que esta fue tu ciudad. Ya no existe, o no la reconoces, o no es casa. Corres sin correr a refugiarte al piso de tus padres.
El calor en la ciudad, por Llucia Ramis
Hubo un tiempo no muy lejano en el que, los veranos, la ciudad se quedaba desierta. Residentes y turistas se desplazaban al mar, a hoteles y apartamentos de algún puerto con playa. El centro urbano lo transitaban únicamente los cuatro gatos que no estaban de vacaciones. Que los...






