La atención, la curiosidad y la emoción moldean nuestra percepción del tiempo, y por eso el tiempo vuela cuando nos hacemos mayores

Un niño de dos años contempla absorto cómo unas hormigas caminan en fila sobre la arena. Hurga con un palo; algunas trepan hasta su mano. Siente el hormigueo, luego sopla y las ve desaparecer. Sigue observando. A pocos metros, sus padres lo vigilan desde las hamacas mientras charlan, picotean del táper, escuchan la radio y envían algún mensaje. ¿Qué está ocurriendo en el cerebro del niño y de sus padres? “Están funcionando de forma radicalmente distinta”, apunta Charo Rueda, catedrática de Psicología Básica, especialista en desarrollo neurocognitivo y autora del libro Educar la atención.

“El niño está en un estado de atención plena sobre un estímulo concreto, y es capaz de priorizarlo frente a otros muchísimos que le rodean, como el sonido del mar, el viento, la temperatura o la radio de su padre”, explica. Ellos, en cambio, están en un estado de atención dividida mucho más superficial, añade la experta: una capacidad que los adultos desarrollamos para desenvolvernos con soltura en múltiples contextos cotidianos, pero que, según la neurociencia, tiene un coste. “Para el niño, esa forma de mirar el mundo activa una intensa comunicación entre distintas redes cerebrales”, explica. No solo le permitirá reconocer las hormigas cuando vuelva a verlas, sino relacionarlas con otros insectos y con nuevos elementos que irá descubriendo. “Es un sistema maravilloso y tremendamente enriquecedor para la capacidad de aprendizaje, la conciencia y la memoria”.