0:000:00El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia ArtificialUn misterio envuelve el final de agosto en la aldea, llenándonos la cabeza de ratones, pájaros, árboles y sed de justicia. Sentir que te quitan algo desvela también las propias miserias. Todo empieza con la irrupción de un nogal diminuto, verde brillante, en el prado de la casita, abriéndose paso entre la lavanda azul. Queríamos plantar un árbol, así que lo recibimos como un milagro arbóreo. Cantamos canciones. Intentamos poner pico y ojos al pájaro gracioso que trajo la nuez que lo germinó. Contemplamos los vencejos, las urracas, los cuervos, los gorriones que revolotean por aquí. El nogalito no tarda en alcanzar unos 30 cm. En el jardín reina la armonía cuando nos ausentamos una semana y le dejamos­ la casa a una amiga de la ciudad. Getty ImagesA nuestro regreso, todo parece en paz. Pero cuando salgo a mirar el nogalito bajo las estrellas, no lo encuentro. Rebusco a gatas con la linterna. Ni rastro del árbol. Ni hojas, ni ramitas, ni tierra removida. Volatilizado. Como si nunca hubiera existido. Esa noche doy vueltas en la cama como un hurón.Las urracas entierran nueces y meses después recuerdan dónde están y vuelven a buscarlasEn sueños, veo a mi amiga con las tijeras de podar. La imagino cargándose el pequeño nogal, confundiéndolo con una mala hierba, jardinera de asfalto. La culpo. La llamo asesina de nogales para mis adentros. Le mando un mensaje preguntando por el desaparecido como si fuera mi bebé. La amiga dice que no sabe nada, con un watsap demasiado largo que no resistiría una mirada policial. Aun así ampliamos el círculo de sospechosos. La hipótesis de un vecino ladrón, psicópata arbóreo, ensucia nuestras mentes. Nos miramos de reojo, vemos culpables debajo de las piedras. De hecho, el ratón que agujerea el prado se convierte en sospechoso. Hay un cierto alivio. Pero los lugareños consultados descartan los ratones, por cosas que solo saben ellos. Desazón.Entonces alguien habla de la memoria de las urracas, que al parecer entierran nueces o castañas, y meses después recuerdan dónde están y vuelven a buscarlas. Un nativo de 95 años confirma la hipótesis de la urraca que enterró la nuez que dio vida al nogalito que ella misma se ha llevado por el aire con su pico, porque, en definitiva, es suyo. Una pájara cuadra el círculo y no hay más que decir.