Íbamos en busca de silencio y se nos fue la mano. Durante el día, la calma de la aldea era razonable. Incluso cuestionable. Quiero decir que, entre los pájaros, las segadoras, las voces humanas o las vacas parturientas, aquello era un no parar. De los goles del Mundial ni hablemos: atraviesan montañas. Pero no seremos nosotras quienes nos quejemos de los sonidos de la vida de un pueblo. Y menos después de ver un vídeo viral de una joven lugareña, irónica e implacable, que nos recomienda seguir disfrutando de la vida en nuestra ciudad, si nos molestan los ruidos de los animales y los ganaderos que trabajan para que el medio rural exista. Evgeny Gostuhin / Getty ImagesNo nos quejamos, decíamos, del canto del gallo, sino todo lo contrario. Alguna madrugada lo agradecemos con entusiasmo. Porque el silencio que se alcanza en esta mínima casa, cuando no hay viento y nadie habla, entrada la noche oscura, pone los pelos de punta.Anoche, un silencio difícil fue interrumpido por un alarido como de bebé asesinoUn silencio de locos que va calando en los huesos y, a la que te descuidas, te enfrenta con tu esqueleto olvidado y sus crujidos. Un silencio de desierto de Gobi, un silencio de gusano. O de rana botón de oro, añade, no sabemos por qué, un biólogo aficionado, con gafitas, que nos acompaña. Un silencio difícil, en resumen, que anoche fue interrumpido violentamente por un alarido indescriptible, como de bebé asesino, que era lo que nos faltaba. No sabíamos hacia dónde echar a correr ante aquella cosa semihumana que gemía remordida en la oscuridad de los alrededores. Hasta el biólogo tardó en darse cuenta de que era una gata en celo.Y, por no parar de hablar, nos aclaró el asunto de la rana botón de oro, que en realidad es un sapito diminuto, amarillo brillante, que vive sumergido en un silencio atroz. Un animalito tan sordo, a causa de una atrofia suya, que no oye ni sus propios cantos de apareamiento. Y que arrastra su difícil existencia –porque ni siquiera salta, el pobre, parece que va tropezando– entre las hojas muertas de unas selvas de Brasil. No es raro que este sapito escupa un veneno tan letal, con esa vida de perro, añade el pseudobiólogo que ya no calla ni debajo del agua. Y así avanza la noche, entre su verborrea y la nuestra. Porque si dejamos de hacer ruido, ese miedo que por lo visto nos persigue allá donde vayamos, de un modo u otro, se nos merienda.