Actualizado a las 20:16h.

Cada vez que llego a un aeropuerto de Málaga abarrotado, el bullicio me reconforta. Ese zoo humano de personas en tránsito, en chándal, arregladas, todas las tonalidades de piel. Disculpen la cursilería, lo es, pero ahí siento el pulso de un mundo que se mueve, ... justo donde lo vi parado, electrocardiograma aéreo casi plano. Septiembre de 2020, vacío salvo por unos pocos padres despidiéndose de sus hijos camino de estudios en el extranjero, mascarillas puestas y la previsible llegada a una residencia con cuarentena, bandeja en la puerta y celda de aislamiento.

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