5 de agosto, 2026 - 08h00“Tráeme las pastillas que están sobre el velador”, dijo papá a la hora del almuerzo. Sentí su orden como una daga helada. Con 10 años y un miedo ancestral, aventurarme al cuco que habitaba debajo de la escalera; enfrentarme a la mirada inquisidora del Corazón de Jesús, en el descanso; toparme, manos a boca, con la Loca Viuda del hall; para sentir finalmente la mano helada del Cura sin Cabeza, que trataría de impedirme tomar el frasco y emprender la fuga gradas abajo, era demasiado. Pero obedecí sin chistar, y de tanto obedecer, o leer, o creer, o descreer, o ir al psicoanalista, perdí el miedo.Pero la dicha del pobre dura poco y el miedo ha vuelto. Ha vuelto enorme, ennegrecido, rotundo. Ha vuelto para quedarse y ya no se esconde debajo de la escalera: se muestra; ya no mira inquisidor: es inquisidor; ya no está en el hall de arriba: deambula por todo lado; ya no te toca con su mano fría: te sonríe con indolencia, pienso.Ayer fue un año de la muerte de mi amigo Daniel Divinsky; mañana habría cumplido setenta y tantos mi otro amigo Daniel, Daniel Gutiérrez. Voy acumulando muertos, pienso. Igual que mi país.Tengo miedo, no de morir, sino de vivir. Miedo a caer, miedo a perder, miedo a enfermar y a molestar.Los miedos y los días se me acumulan, pero uno de los miedos más feroces ha sido el miedo a decir, a caminar, a preguntar, a salir, a empobrecer. El desamparo me da miedo; la indiferencia y la desproporción, también.Entonces busco respuestas y, como no las hallo, busco sinónimos. Hay montones, pienso: “temor, terror, pavor, pánico, espanto, horror, alarma, susto, sobresalto, recelo, aprensión, desconfianza, canguelo, turbación, sorpresa, asombro, desasosiego, cobardía”.Entonces busco antónimos, encuentro apenas tres: “valor, valentía, tranquilidad”. Me da tanto miedo que el inconmensurable castellano solo me dé tres palabras, porque siento que las pierdo, que las perdemos a diario; porque decir es un riesgo que tal vez no vale la pena tomar; porque caminar por una calle, por una ciudad, por un país con tanta inseguridad es un peligro; porque decir, salir, preguntar, opinar, caer, enfermar... te pueden llevar a perder tu libertad, tu salud, tu trabajo; y los viejos ya no tenemos tiempo de empezar, de rehacer, de volver; y los jóvenes no tienen oportunidades ni ganas ni sueños.Entonces canto bajito La maza, esa canción que es un poema: “Si no creyera que en el monte se esconde el trino y la pavura...”. Pavura, otro sinónimo, pienso. Y ya no sé si creo en los trinos del campo, y en la balanza, y en la razón del equilibrio, y en el delirio, y en la esperanza...Cada vez hay menos cosas en las que creer, voy perdiendo a diario mi camino, mi sonido, mi silencio, pienso. Y sí, Silvio, la vida se vuelve cada vez más una “maza sin cantera, un testaferro del traidor de los aplausos, un servidor de pasado en copa nueva, un eternizador de dioses del ocaso”. Definitivamente, somos “Júbilo hervido con trapo y lentejuela”, pienso.La desesperanza nos puebla, nos llueve, nos atenaza firme, y yo no veo ni luz ni luces en el mediano plazo. La maza ha cambiado su función. (O)