0:000:00El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia ArtificialEl miedo preside el mundo de hoy. Un miedo que los incendios de este verano sintetizan: el miedo al Gran Desastre. El futuro no es lo que fue décadas atrás, una ventana luminosa, el risueño anuncio del progreso. Con los años, el progreso ha dejado de ser una dulce promesa para convertirse en un problema pavoroso: deja un rastro siniestro, dicen científicos, cibernéticos y geopolíticos. Ahora el futuro está preñado de predicciones distópicas. unsplashAhora bien, el miedo al futuro favorece el egoísmo cínico: “Si el futuro es negro, vivamos a fondo el presente, quemémoslo todo. Après moi, le déluge. Por eso hay tantos pirómanos hoy en día, reales y metafóricos. También es muy típica de hoy la respuesta hedonista: si el futuro es distópico, que el presente sea una fiesta sin fin. ¡Sensualicemos la existencia! Si para los clásicos felicidad rimaba con serenidad, ahora felicidad y placer son sinónimos. No es de extrañar que, para los jóvenes educados en las redes, el éxito, asociado al dinero, sea el pasaporte a la felicidad. Si la felicidad consiste en comprar placeres, los millones son la llave de la vida. Cinismo y hedonismo son la cara y la cruz del miedo al futuro.Cuando el progreso ha presentado su carísima factura, nos hemos deprimidoLas visiones cínica y hedonista son hijas del optimismo. El optimista se deprime si el rosado futuro que imaginaba no llega. Habiendo creído en la bondad absoluta del progreso, cuando este ha presentado su carísima factura, nos hemos deprimido. La esperanza, en cambio, es paciente. Con los ojos abiertos a las alarmas del presente y el futuro, el esperanzado no se deja dominar por el pesimismo. La esperanza empuja a ganar activamente lo que está por venir. Y ayuda a resistir las dos tentaciones de hoy: la nostalgia de un pasado que no puede volver y la desesperación apocalíptica. La esperanza combate la desesperación. Cuestiona la rendición hedonista. Refrena las tentaciones suicidas de un mundo atrapado en el fatalismo.Si el optimismo es fácilmente abatido por la dureza de la realidad, la esperanza transforma a quienes la sostienen, por muy oscuro que sea el panorama. La esperanza, decía Havel, no es la convicción de que las cosas saldrán bien, sino la certeza de que ciertas cosas tienen sentido, independientemente del resultado.