La pregunta por el futuro parece haber vuelto, como si de repente quisiéramos abandonar la habitación sin vistas en la que nos sentimos encerrados. Durante años, desde principios de los noventa, hemos vivido en un presente continuo, sin memoria del pasado ni perspectiva de futuro. Algunos quisieron ver en este cambio de temporalidad el fin de la historia. Y así lo proclamó Francis Fukuyama. En realidad, no era más que el fin del capitalismo industrial, que había sido motor de la idea de progreso. Sólo la literatura distópica osaba hablar del futuro. Un futuro que no era más que una radicalización negativa del presente. Estado-nación, capitalismo industrial y democracia encontraron un punto de equilibrio que dio resultados hasta entonces desconocidos en materia de libertades y bienestar. El Estado-nación ya no es lo que era, perdido en las relaciones de fuerzas mundiales, el capitalismo industrial ha sido engullido por la nueva fase del capitalismo global, y la democracia se encuentra amenazada por el autoritarismo posdemocrático.
La crisis moral y económica de 2008 —y posteriormente la pandemia de 2020— ha hecho que nos acordemos del futuro. Y, en consecuencia, del pasado. Aunque sea para nutrir más el malestar. Han sido los años del totalitarismo de la indiferencia. Y también de la pérdida creciente de la noción de límites (nihilismo). Cuando no hay horizonte, corremos el riesgo de creer que todo es posible. Mientras que a finales del siglo XIX las utopías se vestían de grandes promesas de progreso y redención, a lo largo del siglo XX se ha impuesto la literatura distópica, de George Orwell a J. G. Ballard.






