El ajetreo vital puede ser visto como una condena, escribe Sergio C. Fanjul al hilo de su próximo libro, ‘Cronofobia’. Pero también puede considerarse una señal de distinción: la de aquella persona cuyo éxito la mantiene permanentemente ocupada
“¡No me da la vida!”. Una explicación para esta sensación predominante de escasez temporal y aceleración es la tecnología, que, diseñada para engancharnos, demanda nuestro casito tirándonos del brazo a cada poco. Pero no es la única razón. Otras causas socioeconómicas o culturales colaboran, como
o-fuese-tan-absorbente-habria-tiempo-para-la-vida.html" target="_self" rel="" title="https://elpais.com/ideas/2025-10-11/lisa-herzog-filosofa-seria-bueno-que-el-trabajo-no-fuese-tan-absorbente-habria-tiempo-para-la-vida.html" data-link-track-dtm="">la organización del trabajo (tanto remunerado como doméstico) o las expectativas vitales que la sociedad impone. El ajetreo vital puede ser visto como una condena, pero, curiosamente, también como una señal de distinción: la de aquella persona cuyo éxito la mantiene permanentemente ocupada.
La percepción de la aceleración, sin embargo, no es nueva. Se viene señalando al menos desde la Revolución Industrial. Ya Karl Marx observa la aceleración provocada por las dinámicas del capitalismo incipiente, cuando los trabajadores empiezan a producir más en menos tiempo y a habitar un régimen temporal reglado y alienante. La racionalización en busca de la máxima eficiencia, que teorizó Max Weber, también contribuye a una velocidad creciente en los procesos. Para Martin Heidegger, cuando el tiempo sea solo “rapidez, instantaneidad y simultaneidad” cabrá preguntarse hacia dónde se dirige todo esto. Quizás ese momento haya llegado. La aceleración, pues, es una característica de la modernidad. Pero tal vez nunca se haya sentido como ahora.






